SUEÑOS DE INDIA

“Sueños de India” es el título de una exposición que podemos contemplar en el Museo Antropológico hasta febrero. No puedo contar mucho de la organización a la que pertenece, porque acabo de conocerla, como acabo de descubrir este proyecto repleto buenas vibraciones.
Un conjunto de historias individuales y familiares, acompañadas de fotografías artísticas, rebosantes de sensibilidad y que nos aproximan a otra realidad a aquellas personas que las miramos y leemos desde este lado del espejo. Un trabajo, del que dice su autor, que entre sus objetivos se encuentran destruir clichés, alimentar sueños, ofrecer una mirada diferente del subcontinente asiático y aportar un grano de arena a favor de la interculturalidad y la exaltación de los valores humanos por encima de todo aquello que nos separa.
El vídeo de presentación es espectacular. Para verlo, pincha aquí.

OFF

Me he sentado en una especie de jardín antes de dormir unas horas. Y las reflexiones se han sucedido y los sentimientos y las vivencias. Me he hecho de nuevo las preguntas tantas veces repetidas: ¿Por qué otra vez en la India? ¿Por qué otra vez experimentando incomodidades, fatigando el cuerpo, a la búsqueda de lo que reside dentro de uno y no fuera? ¿Por qué?
[…]
Esta búsqueda eterna que emprende todo buscador serio, rastreador incansable de lo Inmenso, de lo Incondicionado, es el mayor sentido que podamos proporcionarle a la existencia y el único modo real de aspirar a una consciencia más evolucionada que pueda modoficar verdaderamente nuestra vida interior. Yo he buscado en la India, he convertido la India en el terreno de mi búsqueda, pero otros sentirán su “centro de poder interior” en otras latitudes, y en última instancia es en el corazón donde hay que buscar y hallar.

La India que amo. Ramiro Calle
Editorial Kailas

Nos leemos en septiembre…

MUY PELICULEROS

Descubrimiento este fin de semana de la Seminci de Valladolid. Un festival que varios de mis amigos conocían desde hacía años, nunca es tarde… (bueno, a veces sí). Una comida copiosa, una manzanilla que calme la digestión pesada. Una película, luego otra. Un paseo, unas cañas y tapeo. Dormir. Otra película. Volver a disfrutar de la comida… Y así podría haber pasado una semana entera, en concreto, los días que dura la Semana Internacional de Cine de Valladolid. Pero había que volver a Madrid después de 24 horas en esta ciudad, que sirvieron para disfrutar de nuestras aficiones: ver películas y comer bien. Rodearse de lo cotidiano pero fuera del escenario habitual.
Ver todo el programa es imposible, además de lo difícil que te lo pone la organización del festival. Comentaban que habían externalizado algunos servicios a favor de la empresa Eulen. La venta de entradas fue un desastre, en algún caso se vendieron el doble de las entradas del aforo que permitía la sala, en muchos otros casos tenías que esperar a los cinco minutos antes del comienzo del pase para saber si podrías entrar o no al cine… En ese sentido, indignación de algunos usuarios del festival que ven cómo la organización empeora año tras año.
El programa, muy variado, con entradas más asequibles de lo habitual. Recuperaron para la muestra “Un novio para Yasmina” y “Las 13 rosas” (que ya no son rojas). Y dentro de la sección oficial, conseguimos ver “Retorno a Hansala”. La primera, entretenida y punto, con toques de humor, no podemos decir mucho más. Un largometraje hispano-marroquí, que narra los avatares de una chica de Marruecos, moderna, pero con una preocupación común denominador al resto de inmigrantes no comunitarios: conseguir los papeles. Se añade un contexto conocido, el trabajo de una asociación de inmigrantes, donde a veces podías vislumbrar muchos problemas familiares: la financiación, las trabas de la administración, el trato con las personas a las que te diriges, los inconvenientes del tipo de trabajo, la falta de tiempo, el segundo plano de la vida personal, etc…
“Las 13 rosas”, una pena. Una historia real, perteneciente a la Guerra Civil, que el director Emilio Martínez-Lázaro no aprovecha, es más, casi se la se carga. “El otro lado de la cama” fue su película de mayor éxito y aún no entiendo el por qué. Resulta vulgar, se queda en lo superficial, en las emociones facilonas, no profundiza en los personajes… Me resultó muy aburrida y recuerdo que la ví entera por decir “la he visto y me desagrada con conocimiento de causa”, porque es mala con ganas, a pesar de ser una de las más taquilleras del año en que se estrenó. “Las 13 rosas” no queda en mejor lugar. Para empezar, les cambia el nombre, las 13 rosas siempre serán rojas, le guste o no y eso que parece poco importante es básico para entender la historia. Por citar algunos de mis inconvenientes: la entrada en la cárcel de los personajes parece una fiesta más que eso, la pérdida de la libertad por un motivo tan injusto como son las ideas y su defensa; las torturas que representa no son ni la mitad de crueles de lo que realmente sucedió; la directora de la prisión, papel encarnado por Goya Toledo, que goza de la confianza plena del régimen, no se podría emocionar con la muerte ni las penalidades de las presas republicanas; y, el final, alargado mediante un cursilismo ñoño y no como el final de doce luchadoras junto a Blanca Brisac (siempre la separo porque ella era la única que no estaba metida en ninguna agrupación política, aún así, la asesinaron). Eran 13 rosas, doce de ellas rojas, la última, que sea ella la que elija su color.
De todas formas, no pude evitar mi enfado, cuando durante la promoción de esta película, las actrices reconocían que no sabían nada de esa historia hasta que el guión llegó a sus manos. ¡Hay que joderse con el nivel cultural de “nuestros artistas”! A mi parecer, sólo se salvan tres elementos de esta película: Pilar López de Ayala, que representa a Blanca Brisac; algunos de los planos del Madrid de la época; y que, al menos, algo sirve para fomentar el debate acerca de la recuperación de la memoria histórica. Si alguien sigue pensando en que las familias no merecen una reparación del daño, es que carecen de escrúpulos.
En caso de interés, mucho más recomendable el libro de Carlos Fonseca, “Trece rosas rojas” editado por Temas de Hoy.
“Retorno a Hansala” nos dejó revueltos. Una película (y utilizaré una de esas frases fetiche de los periodistas) sobre el drama de la inmigración, los ahogados que nunca alcanzaron las costas españolas, cuyos sueños se tragaron las olas. En este caso, Chus Gutiérrez cuenta la historia de la repatriación de uno de los muertos a su pueblo natal, Hansala. El descubrimiento de la película fue José Luis García Pérez, el actor que da vida a Martín, el dueño de la funeraria que devolverá el cadáver de Rachid a su aldea en compañía de Leila (Farah Hamed), la hermana del fallecido.
Si queréis leer las impresiones de la directora durante el rodaje en Hansala, visitad
http://puntodevistablogcima.blogspot.com/2007/05/viaje-hansala-por-chus-gutierrez.html
En general, me gustó, te consigue agitar, sin caer en sentimentalismos gratuitos, pero a veces, excesivamente lenta, instantes aburridos. Insisto, interesante, porque muestra un punto de vista diferente, costumbrista, sencillo.

SOÑAR ES GRATIS

Qué lindo que es soñar,
soñar no cuesta nada,
soñar y nada más
con los ojos abiertos.
Qué lindo que es soñar,
y no te cuesta nada,
más que tiempo.
Qué hacer con tanta angustia
por cosas no resueltas,
con toda esta energía
casi siempre mal puesta.
Si pudiera olvidarme
por siempre de mi mismo
habría de encontrarme
allí en tu dulce abismo.
Kevin Johansen. “Anoche soñé contigo” dentro de su álbum “Logo”
Efectivamente, merezco una colleja, no paro de quejarme todo el rato, por eso quiero escribir esta vez en positivo. Voy a olvidar durante unos instantes que no tengo tiempo para hacer las cosas que realmente me apetecen, a olvidar que me tengo que pegar a los libros como si fueran una parte de mi cuerpo; a olvidar las dificultades para llegar a fin de mes; olvidar la ansiedad que sólo consigue solventarse con largos paseos por la ciudad, olvidar mis dudas y mis “no sé”… Las cosas son más sencillas pero tienes una tendencia inusitada a complicarlas, me diría mi pepito grillo particular. Y me quedo con esa cara de circunstancia, de “yo no he sido”.
Por la noche, la ciudad es más agradecida, se puede pensar con mayor claridad, estimula la introversión mientras sigues la cadencia de los pasos… aunque también es el momento más penetrante para las crisis, recordar los errores o aciertos del día, de la semana… Resolver lo que está por venir.
Al andar como un autómata en una noche serena, la mente queda libre para divagar y fantasear, imprimir huellas en el asfalto. Idealizar, por ejemplo, visitas a tierras exóticas donde aprendes y conoces un millón de visiones diferentes. Especular a lo grande con una revolución mundial en la que prime el bienestar de las personas, los valores humanistas y postmaterialistas y no otros. Soñar en pequeño que te esperan, que consigues lo que anhelas, que haces saber a los demás que pueden contar contigo; que la aventurera de Un sueño por mochila está en el mismo planeta que tú, pero tan lejos que la echas de menos, e imaginas que vuelve de nuevo con su sonrisa y su optimismo; suspirar ante el recuerdo de una noche, soñar que te recuerdan aunque vivas en la otra punta del país o de la ciudad; cruzarte con un músico callejero que, impredeciblemente, pone banda sonora a los pensamientos; un ritmo de percusión que te secuestra la cabeza; organizar una lavadora mentalmente, respirar hondo, xeitu y así hasta llegar a casa.

Amás de raposas, xabalís y corzos que nun son difíciles de ver nas carreteres secundaries de la zona, sobre todo na nuechi, equí preséntovos un simpáticu sapu de Brieves ya los gatus de los míos pás (que sempre tienen fame).

II

La idea al principio no me seducía mucho, sobre todo por la vaguería al pensar en la palicilla del viaje desde Essaouira, hay cosas que no cambian ni en vacaciones, pero al final nos decidimos y he de decir que mereció generosamente la pena.
Imlil es un pueblecito bereber, rodeado de montañas. Se encuentra a 1.740 metros de altitud y, al parecer, es muy popular entre los escaladores porque está situado tan sólo a 5 km de los pies del Toubkal (4.165 m.), la cumbre más alta del norte de África.
Para desplazarnos a este punto del Gran Atlas no nos quedó otro remedio que negociar “duramente” en Marrakech un grand taxi. “My third time in Morocco!”, les repetía el compañero de viaje, intentando ejercer cierta autoridad a los intermediarios para conseguir un buen precio. Probablemente nos timaron, que para eso éramos turistas y se suponía que llevábamos escrito en nuestras caras blancas que estábamos podridos de dinero. Hubo ciertos momentos de incertidumbre (¿nos vamos?, no nos vamos, ¿nos vamos?, no nos vamos), pero las ganas de descubrir nos pudieron y pagamos un precio medio aceptable, teniendo en cuenta la cantidad que nos exigían al principio. La historia del regateo no tiene desperdicio, me convertía en testigo de situaciones cómicas por las ocurrencias de ambas partes.
He descubierto que el regateo es una ciencia desconocida en general para los europeos, que sólo manejan con destreza algunos padres y, especialmente madres, por su papel tradicional de administradoras de la economía del hogar. Por suerte, tuve una buena maestra aunque no fue hasta días más tarde que puse en práctica sus enseñanzas.

Atlas

Nos llamó la atención un cambio tan brutal tan sólo a menos de una hora de viaje (no recuerdo si son unos 60 km más o menos). Del jolgorio y caos de Marrakech al contraste con un paisaje completamente diferente: aldeas colgadas en las montañas, donde las calles no son más que caminos mal asfaltados, piedras y salpicados con torrentes de agua procedentes del deshielo.
En la calle principal de Imlil se encuentran algunas tiendas modestas de ultramarinos o frutos secos y otras, que no podían faltar, de artesanía, de alfombras, etc. Y la tranquilidad, la ausencia de ruido que rompía de vez en cuando algún grupo de niños, de guiris escaladores o algún comerciante invitándote a entrar en su tienda.
Hicimos una ruta por el valle, seguimos un camino polvoriento y pedregoso que llevaba a localidades aún más pequeñas que Imlil, con el mismo tipo de construcciones, casas apelotonadas de piedra y barro, con una especie de agujeros (a veces redondos, otras veces más cuadrados) en las paredes que hacían el papel de ventanas (sin cristal); en algunos rincones, paredes medio derruidas… Muchos niños, bien de camino a la escuela o ayudando en las tareas agrícolas a sus padres, mirando curiosos a los turistas y algunos avispados reclamando caramelos.
Nos cruzamos con guías y turistas que venían también de Imlil para realizar expediciones al Tubkal provistos de mulas y arrieros que les acompañaban.
Las condiciones de vida allí deben ser son duras, no ví sistema de alcantarillado, por ejemplo. Y aunque los pueblos de la zona son pequeñitos y pobres, sin grandes comodidades, la sensación es que existe una cultura familiar o comunitaria que suple la falta de medios económicos.

I

Mi gusto por las enumeraciones en las descripciones me pierde. Lo primero que me sugiere el recuerdo de estos días de vacaciones es una mezcolanza de olores: a cuero, a pescado, carne muerta, azahar, a zumo de naranja, sudores, a madera tallada, tintes, hedor de orines, a especias que no pongo nombre, a cielo abierto, bálsamo de tigre, a tajines, cuscus, a mar, a humedad… Salir de mi país (perdón, que luego me regañan, “que no se dice este país, que se dice España”) y enfrentarme a otro que no pertenece a la Unión Europea era (y es) algo muy novedoso para mi. Para empezar, el mismo uso del pasaporte, una libretilla que ha estado perdida en la habitación entre montones de papeles, esperando pacientemente ser utilizada. Y en segundo lugar, no había hecho hasta la fecha una cola de extranjería en el aeropuerto, donde inauguraron el bendito documento con un sello. ¡Qué curiosidades burocráticas!
El agobio del tren que nos dejaría en Marrakech fue lo que me marcó el primer día: calor sofocante, personas que te rodeaban por todas partes sin el respeto a tu espacio vital, un vagón no destartalado pero que sí me daba sensación de suciedad; reconozco que es una visión totalmente subjetiva porque pensándolo a posteriori ese vagón era de lo más normal, es decir, de lo más normal de los transportes en los que nos desplazamos por el país.

Essaoiura

Después de pasar por el avión, un tren y un autobús, desembarcamos en Essaoiura, una población pesquera con una playa infinita, sitiada en uno de sus extremos por dunas, y con un atardecer espectacular, como casi todos los crepúsculos de las costas. Tampoco faltaban las calles sitiadas por puestos y tiendas variopintas expuestas para los turistas, el ir y venir continuo de sus habitantes, riads y hostales más humildes en casi todas las esquinas, el movimiento en el mercado de los autóctonos, las propuestas de algunos marroquíes por llevarte a tal sitio a cambio de unas monedas (o billetes, si colaba); el laberinto de puestos de pescado y marisco cerca de la playa, cuyos trabajadores te “invitaban” a cada paso a que el suyo fuera el elegido y el lugar donde dejarías tus euros europeos a cambio de unas raciones.
La gente abierta al trato con el extranjero, pero esperando siempre que en su mano caigan unas monedas.
No sólo me encandiló el paseo largo e interminable de la playa, mientras algunos winsurfistas y otros aficionados a los deportes acuáticos hacían sus piruetas entre las olas. El susurro del Atlántico, revuelto ese día y que se rebelaba una y otra vez contra las rocas. También es el pueblo donde saboreé por vez primera un plato que me conquistaría para el resto de los días: la pastilla o pastela (porque lo he visto escrito de las dos formas), una especie de pastel de hojaldre (parecido a una empanada), de láminas finísimas, donde se iban superponiendo una pasta de frutos secos con azúcar y pollo troceado condimentado. Todo ello coronado por canela y azúcar glass. Más tarde leí que era una comida muy elaborada utilizada especialmente en celebraciones familiares, por lo tanto, un plato reconocido y estimado, ¡no me extraña!

VIENA

Escribo desde un rincón de Europa diferente del habitual. No es un viaje de placer, sino de trabajo, aunque tiene momentos inolvidables. Viena es la ciudad que nos acoge y me encuentro en buena compañía, con la protagonista de Atravesando Espejos, que me brinda risas inesperadas y situaciones cómicas, sobre todo cuando nos entorpecemos con el idioma.

Llevamos aquí tres días, ansiosas por volver. El primero de ellos nos dedicamos a ser guiris profesionales y apovechar nuestro tiempo libre antes del congreso para acudir al Leopold Museum. Allí pudimos admirar cuadros de pintores de nuestro gusto, encantadas de estar rodeadas de tanto color y expresiones variopintas de los personajes de Klimt, Munch, Schiele o Moser. Por mi parte, no podía faltar conocer la casa de Mozart, pensaba que estar en Viena y no visitarla podía ser pecado mortal. Muy recomendable la audioguía, que te cuenta pormenorizadamente la historia de este músico universal que tuvo un final trágico, así que sólo por eso y echándole mucha imaginación, consigues sumergirte en el entorno y su música. Cuando escucho La Flauta Mágica no puedo evitar que el vello se me erice, saber que entre esas paredes compuso esa obra al igual que la ópera de Fígaro o Don Juan.
De paseo, nuestro particular y pequeño descubrimiento fue una tienda de disfraces situada en una calle angosta, donde vendían todo tipo de máscaras, venecianas, antifaces, con plumas… cuyo escaparate nos embelesó durante largos minutos.
Ahí terminó nuestro tiempo de ocio porque a partir del día siguiente comenzó el encierro en el hotel, trabajo y trabajo, conferencias y power points varios. También están incluidos compromisos sociales, por ejemplo en el Ayuntamiento vienés y con la organización anfitriona de estas jornadas.
Y todo ello intentando no perdernos absolutamente nada de la campaña electoral de nuestro país, que seguimos con interés desde el canal internacional. Por cierto, qué pena el debate a siete de ayer en TVE. Más que un debate eran pequeños monólogos (estilo entremés) de un minuto para cada candidato, sin ninguna posibilidad de debatir entre ellos, francamente el formato fue decepcionante.
Pero ya seguiremos hablando de este tema en breve… De momento, vamos a intentar difrutar lo poquito que nos queda en Viena y relajar las ganas de volver a casa a descansar, eso sí, previamente nos manifestaremos ante el Parlamento de Viena, para dejar el pabellón bien alto.