Tristes, tristes finales

Los finales son tristes, excepto cuando se trata del final de una enfermedad, de una condena  o de una crisis, que contiene entonces una sensación liberadora. Cuando las cosas negativas no tienen conclusión y se intuye que lo adecuado es romper con lo que nos frustra y nos atormenta, el epílogo se descubre como un algo redentor, que nos absuelve del dolor vivido.

El final de un proyecto que nunca tomó forma y, a pesar de ello, insistimos en recuperarlo una y otra vez, desgastándonos y exasperándonos. Es curioso, a veces tenemos que aprender a desistir, a dejar morir, a aceptar que nos han ganado la batalla por muy duramente que hayamos peleado o trabajado por ello. La resistencia nos hace fuertes, nos demuestra de lo que somos capaces. Sin embargo, la desesperanza nos hunde y no nos deja vislumbrar la luz al final del túnel. Puede haber finales que se precipitan sin intuirlos y otras veces los finales se alargan como el chicle.

Sin fuerzas ya, aceptamos la derrota en la batalla, abrumados y desarmados, agotados después del esfuerzo, sin ganas, sin compensación por lo aportado. 
Pero un nuevo abanico de posibilidades se presenta después del duelo: las puertas se cierran y se abren.

Sin título

Observaba la ropa que aún colgaba en el armario. Todas esas perchas rellenadas con camisas, faldas y pantalones que iban desapareciendo poco a poco, con el paso de los días. Recorría la casa buscando señales que le auguraran que ella aún se quedaría. Pero cada vez que lanzaba una mirada al aire del salón, podía oler los suspiros exhalados de ella cada vez que introducía una de sus pertenencias en la maleta.
-¿Volverás?-

No lo sé– pronunció sollozando.
No lo sé” se había convertido en la respuesta estrella desde hacía semanas, ojos huidizos, escasa palabras. Dolor, culpa, desazón.

Ella deseaba regresar a un hogar que rompía por iniciativa propia, decirle de repente “Lo siento, todo ha sido una broma de mal gusto. Perdóname, me quedo a tu lado” y fingir que nada había sucedido, en ningun momento, que nada se había desgarrado entre ambos. Pero le parecía absurdo… cargó sus maletas y se fue, con los ojos acuosos, unas lágrimas ácidas que le quemaban la cara y le hinchaban los párpados.
Cuántas veces, al volver del trabajo, se había quedado en el coche un rato más porque eso era mejor que llegar temprano a casa, donde le faltaban palabras que ella misma tampoco pronunciaba, donde respirar se iba convirtiendo en una tarea pesada. Había vuelto a fumar. Él lo sabía pero nunca dijo nada. Olía su aliento al llegar a casa, cuando le saludaba con un beso en la mejilla. Notaba como ella contenía la respiración cuando se acercaba a él.
La necesidad de libertad se iba agrandando, descarada, azotando todo a su paso como una marea incontenible, que no se detiene a considerar lo que arrastra.
-¿Libertad para qué?-
– No lo sé-.

"Cuando te deje de querer, me perderás para siempre"

Cuando ella pronunció titubeando esa frase, con tono desvencijado, derrotada, sin esperanza, él le devolvió una mirada incrédula desde el otro lado del pasillo, pero con un cierto asomo de que eso pudiera suceder algún día lejano.
Aunque lo enunciaba triste y prácticamente ausente, se sintió reconfortada en ese pensamiento. Se imaginó sin culpas, sin decepciones, sin miedo a quedarse sola, la sensación de liberación la compensaría de todos los otros males. El desgaste, la desilusión y el dolor podrían desembocar en el hecho consumado que auguró en voz alta.
A pesar de todo, él no la tomó en serio y se marchó dando un portazo tras la última discusión, acostumbrado a encontrarla a su vuelta… como siempre.
Sin embargo, para su sorpresa, sus ojos no volvieron a encontrarse con los de ella jamás y las palabras flotaban a su alrededor, con el eco torturándole en sus oídos: “Cuando te deje de querer, me perderás para siempre”.

Aflicción

No hay nada como tú

probablemente nada como tú.
Si te quieres ir
adelante, vete si te quieres ir.
Yo no se que haré,
me vendaré el corazón.
Espero que el parador
no cierre los inviernos.
Quizá haga frío en la playa
y alguien cubra mis piernas con una manta.
Quizá me susurren al oido
y me cuenten historias de piratas.
A lo mejor me gustan,
pero no serán las tuyas.
En las que nunca sé el final
callado por mis besos.
En las que nunca sé el final
callado por tus besos.
Y espero que el parador
no cierre los inviernos.
Espero que el parador
no cierre los inviernos.
No hay nada como tú.
No hay nada como tu (soberbia). Esclarecidos
Qué pocos favores nos hacen los mitos, la creencia sobre las entregas incondicionales, los valores de lo eterno, los modelos sociales a seguir, las fábulas, las ilusiones… Si es que nos lo creemos todo ingenuamente. Es posible tropezar más de una vez con la misma piedra, aunque el tropiezo sea distinto, unas veces te falla la pierna derecha, otras la izquierda y otras veces, simplemente, no viste la piedra y fue sin querer (evitarlo).
No hace mucho, ví una película titulada Stardust (Matthew Vaughn, 2007), llena de mitos románticos, una historia fantástica, entretenida, con una atmósfera similar a El Señor de los Anillos en cuanto a fantasía de los personajes y las tomas de los paisajes. En ese mundo recreado, diferente al nuestro, las estrellas caían del cielo en forma de mujer, mujeres guapísimas, que ni siquiera se despeinaban con la caída desde lo más alto del universo; con melenas rubias infinitas bien cuidadas y que brillaban con el sentimiento del amor. También había brujas sin escrúpulos, que deseaban y envidiaban los valores de belleza y juventud que les podía brindar el corazón de la mujer-estrella. Había un chico, mucho más normal estéticamente, porque ya se sabe que no tienen que ser tan espectaculares, a ellos les sirve con ser valientes y gentiles, que se enamoraba de la estrella. Tenía su gracia pero la peli atufaba a esterotipos, a sexismo, si es que hasta me provocó tristeza. Tanto trabajo de desconstrucciones de género, de echar por tierra ideales trasnochados, esteretipados, mitos romáticos… y ¡zas! En un momento, ahí los tienes todos juntos, haciéndote heriditas porque claro, nunca vamos a ser tan guapas y delgadas como la protagonista, nunca nos pasará esa historia de amor tan irrepetible, ni brillaremos…
Por eso hay que hacer un ejercicio de más valentía aún que el bizarro protagonista del cuento, de autoaformación para no creerse nada sobre estrellas preciosas ni sobre muchachos valerosos que protegen, ni hechizos de magas malvadas.
Igual no quiero creerme nada que no pueda comprobar por mi misma en el mundo terrenal, como las promesas que no toman forma, ni el futuro que no construyes a pachas, ante palabras que no dejan silueta nítida en los hechos.
Cuántas veces nos hemos sentido Brigted Jones aterrizando en lo real forzosamente y, por ejemplo, los viajes idílicos que imaginabas se convierten en algo difícil de consensuar por fechas, obligaciones, trabajos, ¿falta de ganas?; y los cuentos tienen finales más dramáticos donde lloras cuando abandonas las llaves sobre la mesa y donde necesitas elaborar el duelo ante lo perdido pensando si en algún momento pudiste cambiar el final… Cuántas veces nos comparamos con aquellos que sí que tienen lo anhelado.
Mientras unos a tu alrededor dan pasos de gigante, importantes, más o menos convencidos por aquello que sienten, tú te quedas como una hormiga, pequeña, poco agraciada, mediocre, cerca del hormiguero por el miedo a errar, tal vez perdida sin encontrar el camino de vuelta al subterráneo.
No quiero conformarme con “lo normal”, pero tal vez sea lo único que exista. Como decía la Yeye, idealizamos, pero a veces necesitamos creer que no hay nadie como nosotros, que la magia existe, que no hay nadie como tú.

 

BREVE

“No te angusties si te sorprendes triste”
Anoche se descubrió desbordada mientras esperaba a cruzar un semáforo en Atocha. De repente, su alrededor comenzó a tomar dimensiones descomunales, inabarcables. Ella, que iba andando aparentemente tranquila, a buen paso, mochila en la espalda y muchos pensamientos serenos en el interior acompañándola en el trayecto de vuelta a casa. Ideas yendo y viniendo sobre lo terrenal y lo humano, sobre lo inesperado… y también sobre aquello que aguarda y no llega, sencillo y sin pretensiones. Cruces de caminos, cocinar una sorpresa, un reencuentro inminente con la mejor amiga de la facultad. Pero en ese par de minutos en los que frenó obligatoriamente por el tráfico, el semáforo peatonal en rojo, su apreciación se modificó. Deseó estar en su casa, que en esos instantes sospechó de una lejanía insondable, junto a su familia. Y los coches los contó como demasiados, los edificios inalcanzables y la avenida excesivamente larga, sin horizonte hacia donde dirigir su marcha. Repentinamente triste y conteniendo las lágrimas, pensó en él, mientras continuaba el paso ligero, acordándose de que ya eran demasiadas las veces en las que paseaba sin él a su lado.
DALGUNA PALLABRA
Y agora que yá conoces:
la escuridá de la nueche,
los nomes del tiempu,
el tastu de los riscares,
del orbayu la tristura
y del camín el vagar:
siéntate y espera
que, sele,
el vientu
traiga dalguna pallabra
que seya a iguar
esti futuro feble.
Manual contra’l vacíu. Berto García
(Premíu “Fernán- Coronas” 2007)

Construyendo My blueberry nights

“¿Cómo le dices adiós a alguien al que no puedes imaginarte sin él? No dije adiós. No dije nada. Sólo me marché. Al final de esa noche, decidí tomar el camino más largo para cruzar la calle.”
My bluberry nights
¿Para que están las amigas si no es para que te lleven a ver buenas películas? Fui a ciegas al cine, es lo que tiene la confianza, que te dejas hacer. No sabía apenas nada, sólo conocía al director por su película “Deseando amar”, preciosa, una obra de arte hecha con imágenes, tiempos ralentizados, simbolismo y música, con personajes que hizo sufrir a rabiar. Dudé por si ésta tenía más de lo mismo, aunque fuera con personajes norteamericanos, los preconcebí menos profundos; para salir hecha polvo del cine no pago, estos días prefiero comedias o, al menos, algo más insustancial o simplemente me conformo con finales felices. Por suerte, éste lo fue y me da igual si el guión tiene mucho de predecible. Algunos críticos dicen que el guión no es bueno, que le falta estructura y que tiene unos giros narrativos nada coordinados con la historia.
La película me llegó a lo más hondo, el director volvió a utilizar sus ingredientes característicos pero de otra forma. Algunas partes del diálogo entre los personajes tienen mucho de real, cuando te buscas y no encuentras, cuando necesitas hablar con alguien y pillas por banda a la primera persona con la que te cruzas, que cuando te rompen el corazón necesitas ahogar las penas en el dulce, las noches en vela, cuando en momentos masoquistas deseas con intensidad el tropiezo con la persona amada aunque haga daño (como cuando la protagonista se pasea enfrente de la casa de su ex y mira hacia las ventanas) y las reflexiones que hace consigo misma, transmitidas con una sensibilidad impecable… Qué razón cuando piensa que hay cosas que es preferible escribirlas que hablarlas. Planos muy expresivos y cuidados, en los que poco más se necesita para transmitir emociones y, cómo no, los dulces besos inesperados.
Te inundan en tristeza las reflexiones de los personajes, porque sabes que pueden ser ciertas “A veces, aunque tengas las llaves, esas puertas aún… no pueden abrirse, ¿no? Incluso si está abierta la persona que buscas tal vez no este ahí.” Y otras veces consiguen esperanzarte “No fue tan difícil cruzar esa calle, después de todo. Todo depende de quién espera al otro lado.”
Película muy recomendable, si os apetece pensar un poquito sobre vosotros mismos. Pero también para que disfruten los sentidos. Por cierto, Natalie Portman está tremenda.
“A veces dependemos de otras personas como espejo. Para definirnos y decirnos quienes somos.”

 

Tan cerca, tan lejos

A veces tengo la sensación de que la vida es una broma pesada que nos han gastado y hay alguien, no sé dónde, partiéndose de risa, observando con perversa diversión cómo nos las apañamos con las diferentes situaciones que provoca, como si esto fuera una especie de “Show de Truman”. Comentaba el engreído fraile o cura o lo que sea que bautizó a mi sobrino [¿qué le vamos a hacer? No pude convencer a sus padres de lo contrario, pero el pequeño está tranquilo, le prometí que de mayor apostataríamos juntos y dejó de llorar, jeje] que no había conocido a ningún ateo convencido. Creo que delante, en ese mismo instante, tenía a varios, aunque tampoco podría asegurarlo, sólo puedo hablar por mi, que abandoné la fe cristiana hace mucho. No creer en ningún dios causa a veces cierta angustia, porque significa que los humanos estamos “abandonados” en el mundo a nuestra suerte y eso, mucha gente, no lo puede admitir, le origina gran desasosiego y vacío. Yo también lo siento a veces, porque somos un auténtico desastre, si viniera a visitarnos un extraterrestre, saldría corriendo del planeta Tierra despavorido ante tanto sinsentido. Después de todo, creer que efectivamente hay algo sobrenatural o sobrehumano, tendría que concebirse como un ser vengador, agresivo y burlón, que se ríe de todo cuanto nos pasa, que permite que ocurran cosas desgarradoras, poniéndonos a prueba constantemente y eso sí que no es tolerable. Tal que así, como si fuera alguna de las vías que Santo Tomás pretende utilizar para probar la existencia de su Dios, es esta explicación alternativa para mi (una de ella, tengo más) de que no lo hay. Y me da igual que haya un paraíso esperándome en otro sitio, yo quiero el paraíso aquí, dios no debería hacer chantaje emocional. ¡Y a los creyentes se lo hace!
Hasta este punto han derivado mis pensamientos después de encontrarme en mi paseo nocturno hacia casa con una mujer con la que hablé en Atocha. Sí, mi sábado noche ha concluido con una minicita con una toxicómana. Estaba mendigando y se acercó a mí. Debo decir que iba a pasar de largo pero pronunció desde el principio unas palabras mágicas: “Soy asturiana” . Y me paré en seco. ¿Qué hace en Atocha, una asturiana toxicómana, una sábado por la noche y amenazando lluvia? Me pudo la curiosidad de conocer la historia que tendría detrás, lo que querría contarme y de cómo yo luego elegiría los datos que podrían ser ciertos o no. Pedía dinero para pagarse una habitación primero y luego para comer, que el dinero no era para otra cosa. Le dije que utilizara las monedas para lo que quisiera, ella conocería sus necesidades, no iba a pedirle explicaciones. Le comenté que éramos paisanas. Me preguntó de dónde era yo, se lo dije y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Qué cursis y sentimentaloides podemos llegar a ser los asturianos emigrantes cuando hablamos de nuestra tierra! Ella es de un pueblo de la cuenca minera y tenía muchas ganas de volver porque allí estaban sus hijos, tenía dos, uno de 18 y otro de 11 años:
-¿Tú no tienes hijos?-
Pues no…-
Vine a Madrid a trabajar y mira cómo estoy-. En la calle.
Esta ciudad puede ser muy dura, es abierta y suele recibir bien a los forasteros pero tiene la otra cara de la moneda, puede hacerse muy difícil echar raíces en tierra de nadie. Me arrepentí de no haberme quedado más tiempo con ella, me quedé con ganas de saber más y de contarle también, de tomarnos algo juntas.
Este encuentro me hizo recordar a C. el resto del camino, una alcohólica portuguesa, que vivía en el pasadizo de Plaza de España. Cuando la conocí ya no bebía. Decía que siempre le había dado mucha vergüenza pedir dinero y que lo había hecho en contadas ocasiones. Una de ellas, fue durante el mono; se acercó a una chica tímidamente y le dijo la verdad, que era alcohólica y que necesitaba comprar un cartón de vino, si podía darle un euro, con eso era suficiente. Y la muchacha se lo dio. Aquella anécdota me hizo reflexionar, me preguntaba si yo hubiera sido capaz de darle el dinero después de detallarme para qué lo iba a utilizar, en esos momentos me creaba ciertas contradicciones morales. Después del tiempo transcurrido y haber aprendido tanto de ellos y ellas, sé que esa situación no me crearía problema alguno en la actualidad, también se lo daría sin dudarlo. La abstinencia de los alcohólicos es la más dura y peligrosa que existe, de hecho, hemos hecho desintoxicaciones con dosis reguladas de alcohol. Y, sin buscarlo, llegó a mi mente el alcohólico más entrañable que he conocido, aquel que se inventaba las mejores historias para excusar sus positivos de alcohol. Podía contarte que le habían dado un bombón de licor o que la ternera que se había comido llevaba vino blanco y de ahí el positivo del alcoholímetro. Y tenías que disimular la sonrisa para que se tomara en serio la terapia.
No sé si esta madrugada mi paisana asturiana dormirá después de haberse metido un pico que habrá conseguido después de mendigar toda la noche; tampoco sé si sus circunstancias actuales la dejarán volver a Sama de Langreo y presentarse tal cual ante sus hijos. Sólo sé que ella, como todos los demás, necesita dignidad y un acercamiento de tú a tú. Sin más (ni menos). Lo contrario sería patético paternalismo y muestra de incierta superioridad mal entendida.

Redescubrir

Lo que son las noches en vela… Hablaba hace un rato con una amiga sobre la comunicación humana, no en tono trascendental sino sobre la comunicación de andar por casa, lo normal del día a día y lo difícil que parece entendernos y las diferentes interpretaciones que pueden darse sobre un mismo hecho, sobre el tono de una expresión verbal, por ejemplo. Y es que a veces, los motivos de los desencuentros residen en grandes chorradas o en importantísimos detalles minúsculos que no hemos interceptado.
Hoy he podido disfrutar de un paseo por mi barrio, a una hora en la que no suelo estar por aquí, una mañana de un día laborable. Fui a paso de jubilada, tampoco podía ir a mucha más velocidad, mientras redescubría diferentes escondrijos a una hora desconocida para mi. He visitado por primera vez en mucho tiempo la biblioteca municipal, junto al bulevar. Miré las películas, me cogí dos, La educación de las hadas y Rompiendo las olas (ya os contaré, no os libráis seguro); revisé los libros, me llevé tres, dos de poesía, para intentar relajar la mente (de la generación del 27 y de Benedetti) y, el último, ha sido una curiosidad, “La tienda de los suicidas”. Es que estoy practicando el humor negro, que últimamente se me está dando bien y pensé que ésta podía ser otra buena oportunidad. Trata de una familia que regenta una tienda donde se venden todo tipo de artículos para quitarse la vida. La familia, como no podía ser de otra manera, es un poco tétrica hasta que tienen un niño encantador y simpático, muy alegre, con el que ver peligrar la continuidad del negocio. Me lo llevé entusiasmada, hacía varios meses que no me ilusionaba tanto un libro.
También pensé en qué hacer el resto del día, si leer noticias de periódicos, archivar papeles o ponerme a estudiar, un desastre cualquier intento de concentración. Y mientras estaba intentando ordenar mi debacle mental, recordé lo contento que se puso un chico inmigrante, un poco tiradillo, de los que deambulan por el bulevar, emocionarse igual que yo pero porque la biblioteca ¡no cerraba a medio día, tiene horario continuo! Exclamó con regocijo un ¡qué bien, entonces me puedo coger una película ahora para verla y devolverla más tarde! Le miré con una sonrisa, me devolvió una expresión parecida a la mía con el libro elegido entre las manos.
¡Coño! Qué instantes disfrutados por cada uno con su pequeño redescubrimiento. Y me gustó la sensación de cotidianeidad rara, la idea de la lectura y volver a casa con mi tesoro, eso sí, con el mismo paso lento con el que salí.