SUEÑOS DE INDIA

“Sueños de India” es el título de una exposición que podemos contemplar en el Museo Antropológico hasta febrero. No puedo contar mucho de la organización a la que pertenece, porque acabo de conocerla, como acabo de descubrir este proyecto repleto buenas vibraciones.
Un conjunto de historias individuales y familiares, acompañadas de fotografías artísticas, rebosantes de sensibilidad y que nos aproximan a otra realidad a aquellas personas que las miramos y leemos desde este lado del espejo. Un trabajo, del que dice su autor, que entre sus objetivos se encuentran destruir clichés, alimentar sueños, ofrecer una mirada diferente del subcontinente asiático y aportar un grano de arena a favor de la interculturalidad y la exaltación de los valores humanos por encima de todo aquello que nos separa.
El vídeo de presentación es espectacular. Para verlo, pincha aquí.

FESTIVAL AFRORASILEÑO BAHÍA MADRID

Aquí tenéis los carteles y la información de lo que será el 8 y el 9 de octubre el Festival Afrobrasileño Bahía Madrid, un festival de percusión y danza, que termina la noche del domingo día 9 con el concierto en la Sala Caracol del grupo de percusión afrobrasileña Coco Malangao. Yo no me lo voy a perder, muy recomendable si tenéis la oportunidad de pasaros a alguna de las actividades.

Os dejo también un enlace de Coco Malangao, de su último concierto el 6 de agosto en la Sala Galileo, para que vayáis abriendo boca.

El niño pequeño

Os copio este cuento… que invita a la reflexión sobre el sistema educativo y sobre su deconstrucción, para poder inventar otro sistema válido, integrador, creativo, reflexivo y mucho más libre.

Había una vez un niño que comenzó a ir a la escuela. Una mañana la maestra dijo: “Hoy vamos a hacer un dibujo”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño. Le gustaba mucho dibujar de todo: vacas, trenes, pollos, tigres, leones, barcos. Sacó su caja de lápices y empezó a dibujar, pero la maestra le interrumpió: “¡Esperen! Todavía no he dicho lo que vamos a dibujar. Hoy vamos a dibujar flores”. “¡Qué bien!”, pensó el niño. Le gustaba hacer flores, y comenzó a dibujar algunas muy bellas con sus lápices violetas, naranjas y azules. Pero la maestra intervino de nuevo: “¡Esperen un momento! Yo les enseñaré cómo se dibujan las flores”. Y tomando una tiza, pintó una flor roja con un tallo verde. “Ahora”, añadió la maestra, “pueden comenzar”. El niño miró la flor de la pizarra y la comparó con las que él había pintado. Le gustaban más las suyas, pero guardó silencio. Volteó la hoja y dibujó una flor roja con un tallo verde.

Otro día la maestra dijo: “¡Hoy vamos a modelar con plastilina!”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño. Le gustaba la plastilina y podía hacer muchas cosas con ella: víboras, hombres de nieve, ratones, carros, camiones. Empezó a estirar y amasar su bola de plastilina. Pero, al momento, la maestra interrumpió: “¡Esperen, aún no es tiempo de comenzar! Vamos a hacer un plato”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño.

Le gustaba modelar platos y empezó a hacerlos de todas formas y tamaños. Entonces la maestra le detuvo de nuevo: “¡Esperen, yo les enseñaré cómo!”. Y les mostró cómo hacer un plato hondo. El pequeño miró el plato que había hecho la maestra, y luego los que él había modelado. Le gustaban más los suyos pero no dijo nada. Sólo modeló otra vez la plastilina e hizo un plato hondo, como la maestra había indicado.

Muy pronto el pequeño aprendió a esperar a que le dijeran qué y cómo debía trabajar, y a hacer cosas iguales a las de la maestra. No volvió a hacer nada por sí solo.

Pasó el tiempo, y el niño y su familia se mudaron a otra ciudad, donde el pequeño tuvo que ir a otra escuela. El primer día de clase, la maestra dijo: “Hoy vamos a hacer un dibujo”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño, y esperó a que la maestra le dijera lo que había que hacer, pero ella no dijo nada. Sólo caminaba por el aula, mirando lo que hacían los niños. Cuando llegó a su lado le preguntó: “¿No quieres hacer un dibujo?”. “Sí”, contestó el pequeño, “pero, ¿qué hay que hacer?”. “Puedes hacer lo que tú quieras”, dijo la maestra. “¿Con cualquier color?”, preguntó él. “¡Con cualquier color!”, le respondió la maestra. “Si todos hicieran el mismo dibujo y usaran los mismos colores, ¡cómo sabría yo lo que hizo cada cuál!”, añadió. El niño no contestó nada, y bajando la cabeza dibujó una flor roja con un tallo verde.

 “El niño pequeño”. Helen Buclelin.

¿Qué es copiar?

Me lo habían aconsejado varias personas, no sólo por las opiniones y el debate recogido sino porque también ofrece información veraz sobre los derechos de autor y la difusión de la existencia, aún tan poco explotada, de la licencia Creative Commons.
Estos días de descanso he podido ver, ¡por fin! “¡Copiad, malditos!”, documental peculiar y novedoso, producido llamativamente por TVE. Llamativo porque la Ley Sinde está a puntito de salir y, sin embargo, han contribuido a la realización del documental que no es precisamente un halegato a favor de la nueva ley que está por llegar. Peculiar por la estructura narrativa. El espectador hace el seguimiento sobre la marcha, junto con el narrador, de los pasos para deducir qué tipo de licencia le conviene más, aunque obviamente, desde el principio, el director está más inclinado a la posibilidad de una difusión libre. Novedoso porque nunca antes había oído hablar en una obra audivisual (que no debates televisivos o noticias de prensa), sin pelos en la lengua, sobre las ventajas y desventajas de un copyright, o de los efectos colaterales de ser socio de la SGAE, u otra organización de gestión de derechos de autor, que desde hace tiempo considero unos chupasangres…

Pero lo que más me ha llamado la atención en esas campañas contra la piratería son algunos nombres que para mi, sorprendentemente, defienden una postura que privatiza la cultura en manos de unos pocos, cuando creo que debería estar al alcance de todo el mundo, de la forma más horizontal posible. ¿Victor Manuel? ¡¡Pero si era comunista!! ¿Rosendo? ¡Qué decepción! Entiendo algunos matices del discurso, compartir no debe ser obligatorio sino lo deseable, pero me da la sensación que quienes defienden estas posturas criminalizadoras hacia el ciudadano de a pie son viejas glorias, en un tiempo atrás con un buen estatus artístico, que han visto como su cuenta corriente se ha ido desinflando. Porque los grupos y compositores que aún tienen tirón hacen conciertos y, de hecho, muchos mantienen que internet es muy democrático y, por lo tanto, existe mayor difusión de su música, álbumes que, de otro modo, no compraría el mismo número de gente que sí escucha su música en la red y se anima a ir a un concierto.

Apocalíptico, al final, José Manuel Tourné, director general de la Federación para la Protección de la Propiedad Intelectual, dice que si no se protegen los derechos de autor, no habrá nadie que quiera dedicarse a crear. Lo cierto es que desde mi punto de vista crear es, por suerte, un concepto tan amplio, que no estoy ni una pizca de acuerdo con esa afirmación. De hecho, el ser humano crea porque se le ocurren cosas, así, sin más, suele compartirlas (al menos a eso debemos educar a nuestros pequeños y mayores), pasa de manos, evoluciona, una idea u obra inspira muchas otras que llaman derivados… ¡es enriquecedor! Y eso no quita que tengan derecho a cobrar por un trabajo que realizan… no me parece incompatible. ¿Pero cuántas veces hay que cobrar por el mismo trabajo?

Parece que sólo defiende a aquellos que producen una creación con la finalidad de ser rico, entonces sería más aconsejable dedicarse en una farmacéutica a cobrar patentes de todos los medicamentos y vacunas imaginables. Mucha gente, entre la que me cuento, trabajamos por un salario, pero también hacemos muchas cosas desinteresadamente, en nuestro tiempo libre, desarrollamos  ideas que compartimos, que difundimos, que sabemos que provocan otras… y también copiamos lo que han hecho otros, lo versionamos. Mi respuesta a la pregunta “¿Qué es copiar?” sería copiar muchas veces es una puerta a la inspiración y, por supuesto, hay que citar a quien se copia.
Para visionar el documental o/y descargártelo pincha aquí. Muy buen trabajo. También te animo a visitar su blog ¡Copiad malditos! Derechos de autor en la era digital

Mapa de los sonidos de Tokio

Anoche, antes de dormirme, pensaba en cómo definir la nueva película de Isabel Coixet, pero un solo adjetivo me parece pobre para calificarla y cualquier palabra se me queda corta.
Después de Elegy, que me gustó pero con reservas, la directora ha vuelto a hacer el cine que nos gusta a las personas que nos gusta su cine, valga la redundancia. Como en La vida secreta de las palabras o en Mi vida sin mi, está implícita la poesía, los escasos diálogos, la fuerza de las expresiones; un erotismo evidente en esta ocasión, con escenas sexuales muy femeninas. Siempre he creído que si en algo se nota cuando una película está dirigida por un hombre o por una mujer es en las escenas de sexo, “dime qué escena de sexo diriges y te diré quién eres”. Y hay que reconocer que la Coixet lo hace bien y permanece muy alejada de la chavacanería de las acciones sexuales de otros directores españoles estilo Berlanga o Bigas Luna, que se quedan a años luz de la madurez de la directora. Incluso me gusta más que el sexo que suele mostrar Almodóvar.
Está mañana, hablando con un amigo sobre la película en unos intercambios de mails, le comenté que la directora me había recordado al estilo de Wong Kar Wai (Deseando amar y My blueberry nigths) y él, que entiende mucho de cine, me dijo que Coixet, en unas declaraciones antes del estreno, había informado de que quería homenajear a uno de sus directores favoritos, el mismo Wong Kar Wai. Pues lo ha logrado, con esas escenas cadenciosas, ralentizadas, la ausencia de palabras, la intensidad de la lentitud que va conquistando poco a poco los planos. Si tuviera que elegir una escena, me quedo con aquella en la que el ayudante del magnate japonés le comunica en el restaurante que su hija ha fallecido, para mi una de las mejores interpretaciones de la película. Pero son muchas las escenas grabadas con las que me volví a casa. Con la narración del viejo amigo bohemio de la protagonista, amante de los ruidos de la ciudad, testigo casi mudo de la vida de Ryu, a la que ama en silencio, sin apenas intercambios.
Me alegro de haber recuperado a esta directora, la que ha conseguido que saliera con un nudo en el estómago del cine de pura emoción ante la historia y su forma de transmitirla con las imágenes (y por qué no confesarlo, con ganas de comer fideos chinos). La misma que nos produjo a mi compañero y a mi la sensación de bloqueo al salir del cine después de ver Mi vida sin mi, que recuerdo que las ganas de llorar se mantenían después de una hora. O la cantidad de pensamientos que me abrumaban con La vida secreta de las palabras. Sobre todo porque sabes de antemano lo que Isabel Coixet puede dar de sí, así que tenía cierta expectación ante la película recién estrenada, aunque esta vez, después de la pequeña decepción de Elegy, preferí no infomarme mucho de “Mapa de los sonidos de Tokio“.
En cuanto a los actores, leí esta mañana en una crítica que Sergui López había decepcionado. Yo no opino lo mismo, cada personaje para mi está muy bien interpretado, con esos matices orientales que no pasan desapercibidos a los espectadores occidentales. Y el actor español, convence también, nada que envidiar al resto, con esa pose atormentada a la par que desengañada de la vida.
Creo que en los Goya arrasará con un indiscutible premio en “mejor guión adaptado” y “mejor fotografía” como mínimo, pero tiene muchas posibilidades de llevarse hasta la alfombra. El tiempo (y la crítica) lo dirá.
En cualquier caso, premiada o no, sólo puedo decir gracias.

Preguntas, Korda y el concepto de violencia

Zapatero estuvo hace dos noches en un programa respondiendo a las preguntas de cien ciudadanos. Una retransmisión televisiva bastante bien vendida a los espectadores. Entre estas personas, apareció un sacerdote dando por saco, presencia excusada porque en el programa deben estar representados todos los estratos sociales y muchos colectivos diferentes. La pregunta del susodicho versó sobre si el presidente del gobierno opinaba si el feto era un ser con vida o no. Por suerte, Zapatero evitó contestar como persona con moral, es decir, contestó como presidente del gobierno y expuso su idea de mejorar la actual legislación sobre el aborto y proponer una ley de plazos, que es lo que se estila en el resto de los países democráticos occidentales. ¡Uf! Salió del paso aunque no creo que a nuestro conciudadano cura le gustara la respuesta. El presidente insistió en el derecho de las mujeres a decidir, derechos de los que la Conferencia Episcopal quiere saber poco, más que nada porque ve cómo va mermando su influencia en la sociedad española y cómo sus iglesias se van quedando vacías, de ahí su virulencia ante cualquier tipo de tendencia social que ellos no dirijan. Porque eso sí, el cura dejó muy claro que nuestro estado era aconfesional y no laico, como se afirmaba muchas veces.
Y con la asociación de pensamientos, me viene a la memoria la exposición de fotografía de Alberto D. Korda, el testigo que inmortalizó con su objetivo instantes de la revolución cubana, más conocido por ser el autor de la más célebre reproducción del Che. Aunque muchos reconozcamos el proceso revolucionario con componentes románticos, ideales motivadores, sanos valores y objetivos claros, estaban en una guerra. Aunque la violencia no puede ser nunca un fin en sí mismo, lo siento, pero muchas veces es el medio para los oprimidos y su única defensa tras haber considerado otros caminos. Y mejor que comunicaros las palabras de filósofos y los dedicados a la política, lo podéis leer directamente de un discurso de Carlos Fernández Liria que salió publicado en Rebelión el 20 de enero donde discutía esta concepción sobre la violencia, escrito con brillantez y valentía :
“Es muy sintomático que Hannah Arendt esté hoy día tan de moda. Los estantes de las librerías están repletos de libros de Arendt, se cita a Arendt en el Parlamento, tenemos a Arendt hasta en la sopa. A todo el mundo le resulta interesantísimo que un pueblo entero, el pueblo alemán, colapsara moralmente en los años treinta del pasado siglo XX. En cambio, se lee muy poco (de hecho, ni siquiera se le traduce demasiado) a Günther Anders, quien fuera, por cierto, su marido. Anders se ocupó más bien de denunciar la continuidad de ese colapso moral entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habíamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a una abismo moral en el que todos nos hacíamos cómplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido. A mediados de los ochenta, Anders renegó del pacifismo en el que había militado toda su vida de forma tan activa y argumentó que la única solución era la violencia. “Hemos hecho todo lo posible por convencer al mundo y está claro que no vale de nada. El mundo no está amenazado por seres que quieren matar sino por aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica, económica y comercialmente”. La economía capitalista ha llevado el planeta a un callejón sin salida. La situación es tan grave que, hoy día –plantea Anders- el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa. Estamos amenazados, la población mundial está amenazada de muerte, por vulgares hombres de negocios con aspecto inofensivo. “Considero ineludible que nosotros, a todos aquellos que tienen el poder y nos amenazan, los asustemos. No hay que vacilar en eliminar a aquellos seres que por escasa imaginación o por estupidez emocional no se detienen ante la mutilación de la vida y la muerte de la humanidad”. Estas citas están sacadas de un libro titulado Llámese cobardía a esta esperanza, que publicó una editorial marginal que, por supuesto, no ha gozado de la fortuna comercial de los editores de Hannah Arendt.”

Redescubrir

Lo que son las noches en vela… Hablaba hace un rato con una amiga sobre la comunicación humana, no en tono trascendental sino sobre la comunicación de andar por casa, lo normal del día a día y lo difícil que parece entendernos y las diferentes interpretaciones que pueden darse sobre un mismo hecho, sobre el tono de una expresión verbal, por ejemplo. Y es que a veces, los motivos de los desencuentros residen en grandes chorradas o en importantísimos detalles minúsculos que no hemos interceptado.
Hoy he podido disfrutar de un paseo por mi barrio, a una hora en la que no suelo estar por aquí, una mañana de un día laborable. Fui a paso de jubilada, tampoco podía ir a mucha más velocidad, mientras redescubría diferentes escondrijos a una hora desconocida para mi. He visitado por primera vez en mucho tiempo la biblioteca municipal, junto al bulevar. Miré las películas, me cogí dos, La educación de las hadas y Rompiendo las olas (ya os contaré, no os libráis seguro); revisé los libros, me llevé tres, dos de poesía, para intentar relajar la mente (de la generación del 27 y de Benedetti) y, el último, ha sido una curiosidad, “La tienda de los suicidas”. Es que estoy practicando el humor negro, que últimamente se me está dando bien y pensé que ésta podía ser otra buena oportunidad. Trata de una familia que regenta una tienda donde se venden todo tipo de artículos para quitarse la vida. La familia, como no podía ser de otra manera, es un poco tétrica hasta que tienen un niño encantador y simpático, muy alegre, con el que ver peligrar la continuidad del negocio. Me lo llevé entusiasmada, hacía varios meses que no me ilusionaba tanto un libro.
También pensé en qué hacer el resto del día, si leer noticias de periódicos, archivar papeles o ponerme a estudiar, un desastre cualquier intento de concentración. Y mientras estaba intentando ordenar mi debacle mental, recordé lo contento que se puso un chico inmigrante, un poco tiradillo, de los que deambulan por el bulevar, emocionarse igual que yo pero porque la biblioteca ¡no cerraba a medio día, tiene horario continuo! Exclamó con regocijo un ¡qué bien, entonces me puedo coger una película ahora para verla y devolverla más tarde! Le miré con una sonrisa, me devolvió una expresión parecida a la mía con el libro elegido entre las manos.
¡Coño! Qué instantes disfrutados por cada uno con su pequeño redescubrimiento. Y me gustó la sensación de cotidianeidad rara, la idea de la lectura y volver a casa con mi tesoro, eso sí, con el mismo paso lento con el que salí.