La huida

Huí, es cierto.
Huir es un naufragio,
un mar en el que buscas tu rostro, inútilmente,
hasta convertirte en náufrago de sal,
cristal en el que brilla la nostalgia.
Huir tiene el olor de la esperanza,
huele a cierto y a traición,
se siente vigilado, está perdido
y no hay ningún imán que guíe
su insensato paso migratorio.
Huir parece alimentarse de tiempo,
respira distancia y mira, desde muy lejos,
un horizonte de escombros.
Huir tiene frío y en la piel de su vientre
resuenan palabras graves valor asombro lluvia.
Huir quisiera ser un pez abisal que ha llegado a la superficie:
despues de tanto oscuro,
de tantos siglos anegado en la profundidad,
brillan las primeras gotas de luz
sobre su lomo albino de criatura castigada.
Pero huir es un naufragio
y tu rostro un puñado de sal
disuelto en el transcurso de las horas.
La huida. Guadalupe Grande

Desde aquella noche en que su fobia social hizo su reaparición (sería más correcto decir que nunca se fue pero sus efectos sí llegaron a mitigarse), aquella noche en que ella, que había intentado sacarse provecho y ponerse guapa, llegó al lugar de la cita y nada más entrar, decidió marcharse por la misma puerta por la que había entrado un minuto más tarde. A pesar de haber tardado más de media hora en aparcar y no desistió en el intento, a pesar de haber estado en  casa esperando el momento para salir después de superar la pereza que le daba… La invadió una sensación de incomodidad, de vulnerabilidad, el miedo aterrador a sentirse expuesta, la inseguridad del vínculo que la unía para haber ido hasta ese lugar. Y una vez que cruzó el umbral de la puerta, al comprobar que iba a echarse a llorar en cualquier instante, corrió hacia la salida como si le fuera la vida en ello, respirando agitadamente mientras le subía el calor a la cabeza y empezaba a sudar. No quiso pensar en la cara que se le habría quedado a la gente de la fiesta, le daba auténtica vergüenza volver a entrar porque no tenía excusas, bloqueada, nada se le ocurría. Con las mismas, se volvió a su casa con grietas en la autoestima.
Por suerte, una tiene esas amigas que le hacen reirse de todo, hasta de lo más inquietante… Le contó a la tarde siguiente, como si estuviera confensando un gran secreto, su entrada “triunfal” al bar de la noche anterior. Esa amiga, veterana en tratarla, que siempre le decía ante una decepción sentimental que “hay más tíos que botellines“. La amiga inseparable en los malos momentos, la que siempre tiene palabras de apoyo para ella, le dijo: “Lo bueno se sirve en botes pequeños. ¿No dicen que lo bueno si breve dos veces bueno?”
Consiguió que se rieran un buen rato de la situación acongojante para la protagonista (“avísame si lo vas a repetir, ¡que lo quiero ver! Pero no te acostumbres a hacerlo, ¡eh? Que pierde impacto”) y lo absurdo de su huida, convirtiendo el momento en un chiste y su retirada a tiempo en toda una aventura.

PALABRAS

Unas pocas palabras en tu oido diria.
Poca es la fe de un hombre incierto.
Vivir mucho es oscuro, y de pronto saber no es conocerse.
Pero aun asi diria. Pues mis ojos repiten lo que copian: tu belleza, tu nombre, el son del rio, el bosque, el alma a solas.
Todo lo vio y lo tienen.
Eso dicen los ojos.
A quien los ve responden.
Pero nunca preguntan.
Porque si sucesivamente van tomando
de la luz el color, del oro el cieno y de todo el sabor el pozo lucido,
no desconocen besos, ni rumores, ni aromas;
han visto árboles grandes, murmullos silenciosos, hogueras apagadas, ascuas,
venas, ceniza,
y el mar, el mar al fondo, con sus lentas espinas,
restos de cuerpos bellos, que las playas devuelven.
Unas pocas palabras, mientras alguien callase;
las del viento en las hojas, mientras beso tus labios.
Unas claras palabras, mientras duermo en tu seno.
Suena el agua en la piedra. Mientras, quieto,
estoy muerto.
“Unas pocas palabras”. Vicente Aleixandre
Jugando a la ruleta rusa con las palabras, ese juego que puede matar (aunque no físicamente), que reconoce como ganador engañoso a quien pronuncie la palabra más afilada cargándose al interlocutor, dejándole sin más balas que disparar, cuando las palabras atraviesan como una estaca, cuando a veces no hay ni que pronunciarlas para aguijonear y dejar k.o.
También hay palabras que nos levantan del más profundo de los agujeros; que nos calman, palabras que funcionan como un tirón de manos hacia delante, alentadoras, que nos esperanzan como una respiración boca a boca y, otras, que nos quitan la vida sacudiéndonos como una alfombra, despojándonos de dignidad, desnudándonos, humillándonos, inquietándonos, asaltando como ladronas lo poco que nos pudiera quedar de motivación, exterminando las ganas de quererse, aquéllas que acabaron con el reconocimiento y la protección profesada, las que nos culparon y nos hundieron en el pozo sin agua.
Hay palabras entregadas con cariño, hechas de polvo de estrellas fugaces entremezcladas con pétalos de gran variedad, palabras coloridas, con muchas vocales, arrullos que llegan con la espuma de las olas y la brisa marina.
Palabras que no se saben pronunciar, las que extraviamos, de las que se desconoce el significado, las olvidadas, las que no llegaron y eran necesitadas. De aquellas palabras arrojadas a traición para herir; de las grabadas en la memoria que prometían hasta lo imposible de atisbar, aquello que ni intuyes. Palabras que pretenden convencer cual encantadoras de serpiente; palabras que salen de las entrañas para bien o para mal, palabras que mienten, palabras impregnadas de sinceridad, acompañadas de asertividad, inesperadas y sorprendentes, gratificantes…
Palabras que no quisiste pronunciar pero salieron vomitadas, imparables, destruyendo a tu alrededor y que no creíste tuyas al escucharlas.
Pronunciadas o no, las cosas nunca volvieron a ser igual, esculpidos por el tiempo como la talla de los troncos de los árboles.

Un día en las carreras

-¡Ay! ¡Qué mal sienta madrugar!- le digo a mi amiga Maripuri todas las mañanas, que tiene su mesa de trabajo enfrente de la mía.
Lo único que conseguía consolarme hoy cuando el despertador saltó con su musiquilla estridente dispuesto a arrancarme por la fuerza de los brazos de Morfeo, era fantasear con la siesta con la que me premiaré por la tarde y compensar esas horas indecentes en las que abandonas la cama para ir a levantar el país; la otra idea que me rondaba me inundaba de alegría, ¡síííííí! ¡Es viernes, mañana olvídate del despertador! No sé si estoy enferma, pero me gusta más dormir que a un tonto un lápiz. ¿Será grave, Inspector?
Fíjate si me gusta dormir, Maripuri, que anoche caí desmayada en la cama y soñé que viajaba a Pocholandia y que ¡el espíritu pochol me poseía!- comenté agitada. -Mira Maripuri,- comencé a narrar (y a partir de ahora puse esa voz gangosa de pijo mártir para dar más veracidad a la historia), -érase que se era que surgió la oportunidad de acudir un día a las carreras de caballos.
-¿Carreras? ¿Caballos? ¿Apuestas? Como que no te pega mucho ni en sueños– dice mi amiga Maripuri.
El saber no ocupa espacio ni lugar. Tú fuiste al concierto de anoche de Madona y yo no me meto contigo!– contesté muy digna.
El caso es que tenía que pagar una entrada sólo por cruzar el umbral del hipódromo. Qué extraño eso de que la gente pague por entrar en un sitio para apostar, ¿no? Esas cosas deberían ser gratis, es como las Ferias del Parque Juan Carlos I, que encima de que te tienes que tragar toda la publicidad que pulula por la feria a cantidades ingentes, y vas a ser carne de cañón de todas las cosas que te quieren vender en cada mostrador, ¡hay que pagar para entrar y sufrir todo eso! No, el hipódromo no es lo mismo, pero a mí que me revelen el funcionamiento de estas dinámicas sociales inexplicables.
Sigo con lo mío, Maripuri, que me voy por las ramas con una facilidad… Fauna y flora de todo tipo, pero sobre todo pocholos y pocholas, muchos, por todos lados y te miraban para abducirte y evangelizarte, para atraparte y arrancarte los ojos y ponerte otros que echaban ojeadas como los de ellos y ellas, ¡en serio! ¡Qué miedo! Gritaban ¡tía, si te pusieras unas lentillas de colores como las nuestras tendrías la mirada superguay, cool, tía, superdemoda y supercara de marca! Menos mal que me llevé mi capa de “bota rebota que tu culo explota” que me hacía invisible cuando me arropaba y pude escapar cada vez que me ví en peligro (de extinción). Y para qué negarlo, me alegré infinito de haber superado la época adolescente decorosamente.
Los que molaban de verdad eran los que se habían llevado su propio bocata para comérselo durante las carreras, esos bocadillos enormes envueltos en papel de plata que delata el origen casero.
Y yo, que en el fondo llegué al hipódromo por casualidad, por correr detrás del conejito de “Alicia en el País de las maravillas”, me dí una vuelta por ver de qué iba eso, con cierta indiferencia… y acabé entregada al fragor de las carreras (oeeeee, oeee, oé, oeeeeee). No comprendí hasta entonces lo útil que me había sido estudiar análisis del discurso, eso que me gusta a mi tanto. Porque como de caballos, carreras, jinetes y apuestas no entiendo nada, ni falta que me hace, tomé la determinación de que para apostar por un caballo había que seleccionarlo por el nombre. Lo ví claro desde el primer momento. Y aunque no me llevé un colín, porque lo de hacer apuestas en tal sitio me creaba contradicciones de clase que no he podido resolver aún, eso no quitaba que pudiera tener mis favoritos: Limberto (que ganó la primera carrera, ¡me parto y me troncho!) porque el pobre tenía un nombre que me generaba ternura; El Lucero por aquello de la sencillez, de brillar cuando oscurece y de color plateado muy bonito; luego había nombres más peliculeros estilo Kovan, que se me antojó con nombre de replicante; Irreversible, por ejemplo, sonaba pretencioso; luego había unos cuantos gallegos (Ribadeo, Centola…), otros nombres inspirados en el mundo de la política ¡Obama! Y otros con mucho carácter: Madrugar. Otros más humildes, como de andar por casa, estilo Risquillo… Cuántos nombres para definir personalidades…
Coincidí por allí con el Inspector Gadget, que no le había vuelto a ver desde que se acabó la serie de dibujos en la tele. Estaba fastidiado, mirando resignado los caballos con su gadgetocopio, que las apuestas fatal, no daba una. Mmmm, pensé sonriente: – Anda que éste no tiene suerte, desafortunado en el juego…- Pero me temo que él no opinaba lo mismo.
Tras despedirme del afortunado Gadget, saltando de nube en nube regresaba tan contentita hacia Vallecas después de mi aventura pochola, para caer rendida en La casita de chocolate, pero ése ya es otro cuento.

Hablo de tu soledad

Hablo de tu infinita soledad
dijo el fulano
quisiera entrar al saco de tu memoria
apoderarme de ella
desmantelarla desmentirla
despojarla de su último reducto.
Tu soledad me abruma/ me alucina
dijo el fulano con dulzura
quisiera que en las noches me añorara
que me echara de menos
me recibiera a solas.
Pero sucede que/dijo calmosamente la mengana/
si tu bendita soledad
se funde con la mía
ya no sabré si soy en vos
o vos terminás siéndome.
¿Cuál de los dos será
después de todo
mi soledad legítima?.
Mirándose a los ojos
como si perdonaran
perdonarse
adiós
dijo el fulano;
y la mengana
adiós.
Mario Benedetti

Hay pocos como él, que cuando escuchas sus letras a veces es como si las hubiera escrito para ti, haciéndote sentir especial, que te trasladan, alguien con quien te sientes comprendida, como un amigo. Y que hace tan especiales los acústicos, las cadencias de los acordes del piano… Música para momentos de tristeza, pero también para enfrentarla y olvidarla en un rincón cuando ataca (“ahí donde me recreo”).
Muy machacado por las circunstancias que eligió en la vida, nos deja un sinfín de temas recurrentes de los que podremos disfrutar toda la eternidad.
En un día como hoy, en el que la lluvia acompaña su recuerdo, La Gramola guarda un pequeño resquicio de Antonio Vega, mi humilde homenaje a este hombre que ha puesto banda sonora a muchos momentos de mi vida y de quien descubrí la más preciosa versión de “Me quedo a tu lado”, tema compuesto por Los Chunguitos y que conocí en el cierre de un concierto de Manu Chao. Letra que me llama poderosamente la atención por la insólita capacidad de entrega del autor:
“si me das a elegir
entre tú y mis ideas,
que yo sin ellas
soy un hombre perdido,
¡ay amor!
me quedo contigo”.

La era de la información

La semana pasada, durante un viaje de trabajo, tuve la oportunidad de compartir algunos momentos con una señora austriaca, ya entrada en años, que se posicionaba con una actitud hipercrítica hacia la globalización tecnológica. El caso es que hace pocos días el fantástico hablaba de algo parecido. Ella no tenía teléfono móvil, le habían regalado tres o cuatro y los había desterrado al fondo del armario, en una caja de cartón; odiaba la tiranía a la que te podía someter, ya que si querían localizarla para algo realmente urgente, sabrían cómo hacerlo. Es cierto, eso siempre sucede. Por otra parte, Internet le ponía los pelos de punta, esas páginas web que te hablan de cuestiones inverosímiles y que quien escribe no tiene cara ni nombre, que pueden ser ciertas o resultar unas fábulas, bulos, rumores. Yo le comenté, que la globalización probablemente tenía pocos beneficios, pero entre ellos se encontraba, por ejemplo, poder acceder a información de una biblioteca a miles de kilómetros, poder hablar con alguien que está en la otra punta del mundo y cosas similares. Ella me contestó algo que me hizo pensar:
Tú crees tener una visión crítica hacia la globalización, pero en realidad no la practicas.-
Defendía la tesis de que nadie es consciente cuando hace clic con el ratón, de que hay unos grandes poderosos que pueden manejar toda la información de la que dispones. No quería centrarse sólo en lo meramente económico, de todo lo que se hace ganar a Bill Gates. De repente citó la obra de Manuel Castells, “La era de la información”, se sorprendió de que lo hubiera leído, para ella gané puntos como interlocutora, es que son tres tochos de tomos, pero es un libro de referencia que no se debe perder de vista.
Y creo que cuando la mujer austriaca opinaba se refería a este tipo de párrafos del autor, cuando define a la etapa actual como era de la información:“Es un periodo histórico caracterizado por una revolución tecnológica centrada en las digitales de información y comunicación, concomitante, pero no causante, con la emergencia de una estructura social en red, en todos los ámbitos de la actividad humana, y con la interdependencia global de dicha actividad. Es un proceso de transformación multidimensional que es a la vez incluyente y excluyente en función de los valores e intereses dominantes en cada proceso, en cada país y en cada organización social. Como todo proceso de transformación histórica, la era de la información no determina un curso único de la historia humana. Sus consecuencias, sus características dependen del poder de quienes se benefician en cada una de las múltiples opciones que se presentan a la voluntad humana. Pero la ideología tecnocrática futurológica trata de presentar la revolución la ley del mercado se refuerzan la una a la otra. En ambos casos, desaparece la sociedad como proceso autónomo de decisión en función de los intereses y valores de sus miembros, sometidos a las fuerzas externas del mercado y la tecnología”.

http://www.manuelcastells.info/es/

MUNDOS COLECTIVOS

Esta mañana me sorprendía gratamente una conversación en el metro. Eran dos agentes de seguridad de Prosegur, un chico y una chica. Ella le comentaba a su compañero que cada vez tenían menos derechos y más obligaciones, que imponerles una jornada de trabajo de 12 horas era un abuso. No digo que me haya sorprendido gratamente por el contenido en sí de la conversación, bastante lamentable que unos trabajadores estén viviendo esa situación, pero suspiré porque al menos escuchaba una queja de otras personas que no tenían nada que ver conmigo, a veces tengo la sensación de que los demás están dormidos ante ciertas injusticias laborales o de cualquier índole. Pero no.
El mundo del asociacionismo es variadísimo. No me parece fácil aprender a vivir en colectivo y compartir ciertos valores en los que destaque el bien común y no sólo el individual. Incluso pueden darse estas contradicciones en grupos que crees que tienen este debate superado. No sé si es imprescindible algún tipo de predisposición concreta (no lo creo) para trabajar en comunidad, ni cómo la puedes obtener, pero es curiosa la manera en que el mundo colectivo puede ser una esfera de grandes satisfacciones y donde la identidad se forja a fuego, como también un espacio donde se fraguan grandes frustraciones y pérdidas de orientación.
Me siento afortunada, porque mi mundo colectivo es rico, con sinsabores amargos, muy amargos, pero plural, donde se pueden vomitar grandes problemas y buscar soluciones conjuntas, o compartir una alegría desmedida, una pompa sin la cual no podría ya respirar. Pero me dan lástima otros espacios, donde tengo la oportunidad de participar y compruebo que esos valores se quedan aletargados, donde parece que hacer una asamblea es “el novamás”, cuando puede haber más formas de participación, y siendo consciente, por supuesto, que siempre se necesita un órgano de toma de decisiones lo más democrático posible. Sin embargo, no se saben tomar decisiones acertadas al evaluar la evolución grupal, se establecen divisiones insalvables y se pierden de vista los valores clave sine qua non que deben estar presentes en cada instante para que el colectivo se desarrolle y evolucione de una forma más positiva. Al final todo puede traducirse en falta de experiencia o simplemente en una confrontación de intereses individuales, en cualquier caso, el bien común siempre es lo que debería primar.
Nada, ante lo obvio, sólo debo decir que es una mera reflexión sin importancia en voz alta.

Nuevo encuentro inesperado

No os lo vais a creer! El otro día, en pleno agosto, cuando me iba de viaje, me encontré en el aeropuerto de Barajas con Batman. ¡Que sí, es verdad! Coincidimos en la misma cola para facturar, es que el traje le resultaba incómodo para viajar y decidió guardarlo en la maleta como todo bicho viviente.
La casualidad nos hizo sentarnos juntos en un avión de la compañía moscovita Aeroflot. No soy muy amiga de comenzar conversación con los desconocidos, por mucho Batman que sea, así que fue él quien se dirigió a mi para que le prestara el periódico que llevaba entre las manos. Lo siento, pero lo voy a leer ahora, le contesté. Si quieres, puedo compartir.
Así fue como intercambiamos comentarios entre páginas en blanco y negro. Leímos las noticias de sucesos. Le miraba por el rabillo del ojo cómo fruncía el entrecejo cada vez que veía algo sobre un asesinato o algún accidente terrible. Y de repente, sin dilación, rompió a llorar a lágrima viva.
Comenzó a contarme que su gran frustración era no disponer de superpoderes, como todos los demás héroes, que eso le tenía sumido en una depresión. Jolín, es que siempre tengo que encontrarme con los superhéroes más ñoños, pensé.
Pero si eres millonario, tronco, le consolé, eso es casi como ser un superhéroe en este mundo neoliberal capitalista.
Me dijo que por eso mismo visitaba Moscú, para ver los vestigios del régimen comunista y aprender algo de historia sobre la lucha de los soviets y la caída de los zares.
Le contesté que yo estaba sólo de paso, una escala, pero que podíamos visitar juntos la ciudad, si le apetecía, y compartir un chocolate caliente en una de las entradas a la Plaza Roja. Así que después de pasar obligatoriamente por diversos controles de seguridad, que parecían no terminar nunca, tomamos el metro, el profundo metro moscovita, que está en el centro de la tierra, para irnos al lugar histórico más importante de la ciudad. Nos embargaba la emoción al pisar la Plaza Roja y acordarme de aquellos, que aunque lejos, sabía que les podría hacer la misma ilusión que a mi o más vivir ese momento.
Fue corto el paseo por Moscú, tan frío como algunos de los habitantes con los que nos cruzamos. Estaba interesada en enseñarle a Batman el mausoléo de Lenin, pero era lunes y permanecía cerrado, qué pena. En la Plaza Roja todo el mundo le miraba, porque claro, iba con esas pintas de hombre murciélago, que no le pegaba nada a esas horas de la mañana, pero él carece del sentido del ridículo, como es millonario se ha vuelto muy excéntrico.
Después de visitar la construcción arquitectónica más antigua de la ciudad, el fabuloso Kremlim, con la cantidad de edificios oficiales y catedrales que resguarda entre sus murallas, decidimos aprovechar el poco tiempo que nos quedaba juntos en dar una vuelta por el metro y conocer las paradas más emblemáticas, aquellas que decoraron con material expropiado a los zares para que el pueblo pudiera disfrutar de ello. Y perdidos entre las estaciones de metro, anunciadas en cirílico, nos apresuramos para entrar en uno de los vagones cuando, de pronto, la puerta se cerró sin previo aviso dejándome en tierra. De esta manera se perdió Batman por el metro de Moscú, bloqueado en el vagón entre ciudadanos muy rubios y de piel clara, con malas pulgas. La última vez que lo divisé antes de desaparecer en el túnel, tenía una expresión triste por separarnos tan abruptamente, así que le dije adiós con la mano y le regalé mi mejor sonrisa.
Me quedé en la estación dispuesta a coger el siguiente tren que me devolvería al aeropuerto. En el siguiente destino, me estaba esperando de nuevo Indiana Jones.

REINICIO

Los privilegiados ya hemos vuelto de las ansiadas vacaciones, que han sido, en mi caso, como resetear el disco duro, grabando imágenes dispersas y elocuentes en la retina, con olores rodeándome aún por todas partes, rememorando colores con los que aún sueño por las noches… Y es que físicamente ya he regresado pero a la mente aún le cuesta adecuarse a su mundo, al que le es mucho más natural, redescubriendo cada esquina del barrio, todo parece nuevo: fijarse bien en las gentes que pasean por las aceras, en los coches que lo transitan, en los edificios, en las obras, los aparcamientos, extrañar tu propia cama… y la sensación de sentirse en casa, a pesar de todo. Estar segura de que aquellas personas a las que he echado de menos, están cerca. Eso le comentaba al fantástico en el taxi de vuelta a casa desde el aeropuerto, con la rareza de respirar el aire de Madrid, de viajar en un coche que no sucumbía al tráfico estridente del otro lado del mundo, otra vez rendidos ante la evidencia de que la gente que conocíamos era lo que verdaderamente nos ataba a los lugares, porque nos hacían la vida más agradable y la ciudad más habitable. Al menos en la mayoría de los casos, siempre hay excepciones que confirman la regla.
La vuelta al matrimonio laboral, que ha resultado no ser tan traumática como se auguraba la noche anterior, con esas barreras psicológicas de los miedos al primer día, pero con ciertas ilusiones y con algunas frustraciones que probablemente esperan a la vuelta de la esquina.

Retomando los espacios, buscando los brazos conocidos, las sonrisas acogedoras y el intercambio de experiencias, de confidencias…
Y como mi cabeza, el contador del blog también ha vuelto a comenzar, para que me acompañe simbólicamente en este proceso de re-despertar.

Encuentro con Indiana Jones

Una tarde del recién estrenado verano, vino a buscarme a la salida del trabajo Indiana Jones. No le faltaba detalle, tal como sale en las películas, con su sombrero de aventurero, su látigo para los escenarios más arriesgados y… ¡la leche solar! Porque aunque es muy osado, también es precavido y se protege del sol. “Los héroes no estamos exentos de los peligros del cambio climático” se excusó.
“Vengo a buscarte para que me ayudes a encontrar un tesoro”. Y me mostró un mapa, apenas un bosquejo.
Entramos en el metro. Indiana desconoce los entresijos de esta infraestructura madrileña. Le dije: “Agárrate bien el sombrero porque el metro de Madrid vuela”. Y volando, cual alfombra de Aladino, nos acercó hasta Legazpi, el territorio que nos indicaba el mapa. Una suerte que llevara su látigo, de mucha utilidad para apartar diversas fieras urbanas a nuestro alrededor, ¡chas, chas! mientras avanzábamos hasta nuestro destino.
El sendero nos dirigió hacia el Matadero de Legazpi. Allí pudimos observar que el tesoro se anunciaba en unos carteles desde diversos puntos. “Qué mala suerte, pensé, lo han encontrado antes que nosotros”. “No te aflijas” me consoló mi héroe, “podemos redescubrirlo, todo depende de los ojos con que lo mires”.
Entramos en el Matadero, previa compra de unas entradas por un “módico” precio. Yo creía que los héroes se colaban en todas partes, pero no, Indiana Jones paga las entradas. Dice que lo demás es ficción, que el director de su película omite esas partes; en el Templo Maldito el ticket era carísimo, que tuvo que ahorrar todo un mes para poder entrar y una espera de horas, como en el parque de atracciones.
Y penetramos en el fondo del mar, donde han permanecido durante siglos, tesoros del antiguo Egipto. Tuvimos que dejar nuestras pertenencias en la consigna, que regentaba un pez martillo. A Indiana le costó deshacerse de su sombrero, aunque sólo por un par de horas, pero es que nunca se separa de él. “Chico, si te lo llevas, ¿cómo vas a bucear?”. Nos preparamos el equipo y nos adentramos en las profundidades del Mar Mediterráneo, glup glup, cerca de la costa de Alejandría, en la bahía de Abukir. A nuestro paso encontramos diversos avalorios, monedas, joyas, colgantes protectores de los dioses Isis, Osiris y Serapis, templos derruídos, esfinges corroídas por el paso del tiempo y la erosión del agua. Descubrimos restos de las antiguas ciudades de Alejandría, Heraclion y Canopo, ciudades que desaparecieron bajo el océano como resultado de desastres naturales. Pero lo más sobrecogedor fue bucear cerca de los restos de un templo ptolemaico, su naos, y tres estatuas de tamaño colosal en su entrada con sus respectivos objetos rituales.
Qué gran viaje, pero ser aventurera da hambre, vámonos a un chino. Salimos a la superficie y nos fuimos a repostar. Durante la cena me contó que su próxima aventura tendría lugar en parajes exóticos, probablemente en India. “Me apunto”, le dije casi sin pensar. “Mañana mismo partiremos”. No, no puedo tan pronto, estoy esperando la llegada de un nuevo familiar y me gustaría despedirme de mis amigos. “Nos encontraremos en Delhi dentro de un mes, llegaré por otro itinerario diferente al tuyo” le propuse. Indiana, acuérdate de ponerte las vacunas y de llevar rupias, que allí no son euros. “¡Ah! es que de estas cosas siempre se encarga Spielberg”.
“Por cierto, Indiana, antes de irte, llama de mi parte al Increíble Hulk, que el próximo fin de semana las hetairas tenemos que hacer mudanza y nos vendría muy bien un maromo como él”. “Descuida”, me contestó.
De pronto, me desperté en medio de la noche con olor a sal. Qué sueño tan intenso, parecía de verdad. Lo curioso es que en mi cartera se encontraba la entrada a la exposición “Tesoros sumergidos de Egipto” y que en mi mesa de noche aguarda un billete de avión hacia la India. ¿Realidad o ficción?

DE LUNES

Ya lo sé, ya lo sé, no actualizo el blog desde ni se sabe. Hasta A. me ha preguntado qué pasa, que no escribo. Pues… nada… ¡y mucho a la vez! No he tenido ganas, me costaba poner en orden ideas, algún día me intenté enfrentar a la página en blanco, pero no salía nada digno, así que me he tomado un pequeño descanso. Obviamente me había abandonado la creatividad, ésa de la que nunca he tenido mucha; y me he sentido presa de un cúmulo de circunstancias entre las que también pesa la falta de tiempo. Pero ayer saboreé unos dulces momentos de dedicación a una misma.
Qué agitación la de estos días con el fútbol. Y yo, sin enterarme apenas, por suerte. Tan sólo escuchaba algunos comentarios de amigos, sobre la selección española y un campeonato europeo. Fue inevitable. Ayer por la tarde, unas cañas con amigos me invitaron a sentarme delante del aparato televisor. ¡Cuánta expectación! Hasta resultó entretenido aunque incapaz de disfrutarlo lo suficiente por todo lo que arrastra consigo este tipo de acontecimientos. En primer lugar, porque tengo serias dificultades para identificarme con la bandera española, impuesta… no lo llevo bien, cuando la veo evoco grandes desastres de la historia, de nuestra historia, y no puedo evitar sentir cierto rechazo. Por otra parte, la utilización que hacen de estos eventos grupos concretos para destacar la exaltación del patriotismo, ese patriotismo que a mi tampoco me integra. Y sin comentarios cuando divisé en el estadio las banderas del pollo (o águila).
Ayer me sentí una observadora social externa. Me imaginaba como un extraterrestre recién llegado a la tierra que presta atención a todo aquello que acontece, como un personaje de la canción de Ismael Serrano Habitantes de Alfa-Centauro encuentran la sonda Voyager.
Un partido (de lo que sea) me parece un gran entretenimiento, como irse al cine o jugar unas cartas, pero de todo lo demás, algo me sobra. Lo que siente la mayoría de la gente es una explosión de emoción inexplicable, irracional, cuando su equipo marca gol; y si gana, ni te cuento. Eso ocurrió anoche. La masa madrileña se lanzó a la calle a celebrar la Eurocopa (por fin me he aprendido el nombre). Coches portando banderas desde la tarde, pitidos, petardos que rompían el silencio de la noche, esas noches veraniegas de domingo que suelen ser tranquilas, apacibles. Algunos coches a toda velocidad, exaltación, gritos de “¡España, España!”, como si les fuera la vida en ello. Pensaba que qué suerte, ¿será que cambiarán sus vidas a partir de mañana? ¿Qué será lo que les ofrece esta victoria a todos ellos para que estén así de eufóricos y descontrolados? ¿Qué tiene de importante un partido de fútbol para que exista este paréntesis en el país? Un seguimiento que no tienen ni las elecciones presidenciales… y de esos resultados dependerá el tipo de políticas que se realicen en los próximos cuatro años. Pero no, lo básico en sus vidas era esa copa que ganaba la selección española de fútbol.
Una vez más, cuántas preguntas sin respuesta y lo curioso y peligroso que me parece todo esto. La gente se identificaba plenamente con el equipo, con su equipo, que no ganarían o perderían, sino que ganábamos o perdíamos, el fútbol como elemento integrador y de creación de pertenencia de grupo como creo que no lo hace ninguna otra cosa. Lo positivo es que ví a varios grupos de inmigrantes que también se sentían parte de esta expectación, llevando contentos las camisetas del equipo español.
Al finalizar el tiempo dedicado a las cañas y los amigos, de vuelta al barrio, crucé el bulevar, y entre todo ese jolgorio, una persona sin hogar, una mujer alcohólica, ajena a todo lo que sucedía (qué bien, ya somos dos), dormitaba el colocón en el banco de madera. Qué vida esta… como siempre, desbordada de contrastes.