Tristes, tristes finales

Los finales son tristes, excepto cuando se trata del final de una enfermedad, de una condena  o de una crisis, que contiene entonces una sensación liberadora. Cuando las cosas negativas no tienen conclusión y se intuye que lo adecuado es romper con lo que nos frustra y nos atormenta, el epílogo se descubre como un algo redentor, que nos absuelve del dolor vivido.

El final de un proyecto que nunca tomó forma y, a pesar de ello, insistimos en recuperarlo una y otra vez, desgastándonos y exasperándonos. Es curioso, a veces tenemos que aprender a desistir, a dejar morir, a aceptar que nos han ganado la batalla por muy duramente que hayamos peleado o trabajado por ello. La resistencia nos hace fuertes, nos demuestra de lo que somos capaces. Sin embargo, la desesperanza nos hunde y no nos deja vislumbrar la luz al final del túnel. Puede haber finales que se precipitan sin intuirlos y otras veces los finales se alargan como el chicle.

Sin fuerzas ya, aceptamos la derrota en la batalla, abrumados y desarmados, agotados después del esfuerzo, sin ganas, sin compensación por lo aportado. 
Pero un nuevo abanico de posibilidades se presenta después del duelo: las puertas se cierran y se abren.
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11 comentarios el “Tristes, tristes finales

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