El regreso del ángel de la guarda

Le volvió a ver hace días por el centro de la ciudad. Aún más demacrado, con la voz más deteriorada y grave, que parecía salir de las profundidades de la tierra en vez de las cuerdas vocales de un hombre. Pasó, sin más.

Pero esta tarde, de nuevo, se toparon en el metro. Él no la recuerda, es como si se hubieran conocido en otra vida hace miles de años pero de vez en cuando, la ciudad cruza sus caminos. La casualidad la llevó a ubicarse a su lado, sin llamar su atención ni echarle una ojeada hasta que escuchó a alguien a su lado cantar, casi a voz en grito, desastrosamente entonado y mal pronunciado.

Un señor trajeado invitó al ángel a callar.
No está prohibido cantar en el metro!-

A pesar de la rebelde contestación, se amodorró, no les regaló más canturreos a los viajeros, decidió levantarse del asiento y permanecer de pie con los ojos entrecerrados mientras se tambaleaba hacia los lados. Ella le miraba de soslayo hundida entre las páginas de un libro, reconoció a su ángel de la guarda. ¿Dónde dormiría esa noche? ¿Se dirigía a su mismo barrio? ¿Qué habrá comido hoy? ¿Qué se metería ahora? Parecía más despejado que cuando le daba a la heroína.

La gente le mira con miedo despectivo. Y es que el ángel tiene un aspecto agresivo, unas facciones muy marcadas y una voz de película de miedo, sucio y andrajoso. Pero ella no podía temerlo, porque sabía que una vez, antes de convertirse definitivamente en un ser de ultratumba, fue humano, un humano tierno y generoso, de buen fondo. Eso los demás no lo saben, le ven y desconfían.

Su ángel de la guarda no sabe cómo relacionarse con los demás, le recuerda a ese ser de El Señor de los Anillos, que un día había sido un hobbit y por la influencia del Señor Oscuro se había convertido en un especímen difícil de definir, condenado a vagar en las tinieblas, deforme y solo. El ángel de la guarda hablaba con la gente del metro, que le miraba raro. Se acercó a un chico que entró en el vagón en la siguiente parada que desvió su mirada contrariado, con recelo. Y como no recibió grandes respuestas a sus comentarios quiso ser más incisivo y “bromeó” con otra señora:

-¡Tú me molestas! Si vas con los ojos cerrados no sabes a qué parada vas…
La señora se defendió con una grosería ante la observación del ángel dirigiéndole una mirada despreciativa y estigmatizante ante la que él reaccionó, a su manera:

-¡Me meo en tu boca!-
Y salió corriendo del vagón mientras el tren esperaba en la estación la entrada de nuevos viajeros. Y no contento con eso, dio media vuelta en el andén para regresar a la puerta y le dijo a la señora antes de que el vagón cerrara sus puertas:
No, aún mejor ¡me cago en tu boca!

Ella, testigo de la situación tensa, le echó de frente al que era su ángel de la guarda una mirada censuradora, como aquella que le dice a los niños “eso no se hace”. El ángel se marchó corriendo y desapareció confundido entre el gentío del andén.

Después, en el vagón, los demás comentaron en su usencia lo mucho que habían deseado haberle dado un bofetón, lo soez de su comportamiento con la señora, que permanecía en su asiento indignada y lo muy valientes que se mostraban las personas de su alrededor, que no habían abierto la boca ante los improperios del ángel de la guarda. Ya, qué valerosos son todos después del paso del toro, pero qué resguardados permanecieron tras las vallas ante su paso. Si supieran lo inofensivo que era, que a ella se le antojó como un chiquillo de quince años que se insubordinaba ante las miradas inquisidoras por su aspecto y su enfermedad. Porque del ángel de la guarda nadie se acuerda cuando se pasea hacia ninguna parte con la única compañía de un simple cartón de vino.

Pobre ángel, ahora unas señoras sólo se acuerdan de él por su desfachatez en el metro. Pero para ella sigue siendo su ángel, a pesar de todo, y le perdona.

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de Silencio Publicado en relatos

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