La huida

Huí, es cierto.
Huir es un naufragio,
un mar en el que buscas tu rostro, inútilmente,
hasta convertirte en náufrago de sal,
cristal en el que brilla la nostalgia.
Huir tiene el olor de la esperanza,
huele a cierto y a traición,
se siente vigilado, está perdido
y no hay ningún imán que guíe
su insensato paso migratorio.
Huir parece alimentarse de tiempo,
respira distancia y mira, desde muy lejos,
un horizonte de escombros.
Huir tiene frío y en la piel de su vientre
resuenan palabras graves valor asombro lluvia.
Huir quisiera ser un pez abisal que ha llegado a la superficie:
despues de tanto oscuro,
de tantos siglos anegado en la profundidad,
brillan las primeras gotas de luz
sobre su lomo albino de criatura castigada.
Pero huir es un naufragio
y tu rostro un puñado de sal
disuelto en el transcurso de las horas.
La huida. Guadalupe Grande

Desde aquella noche en que su fobia social hizo su reaparición (sería más correcto decir que nunca se fue pero sus efectos sí llegaron a mitigarse), aquella noche en que ella, que había intentado sacarse provecho y ponerse guapa, llegó al lugar de la cita y nada más entrar, decidió marcharse por la misma puerta por la que había entrado un minuto más tarde. A pesar de haber tardado más de media hora en aparcar y no desistió en el intento, a pesar de haber estado en  casa esperando el momento para salir después de superar la pereza que le daba… La invadió una sensación de incomodidad, de vulnerabilidad, el miedo aterrador a sentirse expuesta, la inseguridad del vínculo que la unía para haber ido hasta ese lugar. Y una vez que cruzó el umbral de la puerta, al comprobar que iba a echarse a llorar en cualquier instante, corrió hacia la salida como si le fuera la vida en ello, respirando agitadamente mientras le subía el calor a la cabeza y empezaba a sudar. No quiso pensar en la cara que se le habría quedado a la gente de la fiesta, le daba auténtica vergüenza volver a entrar porque no tenía excusas, bloqueada, nada se le ocurría. Con las mismas, se volvió a su casa con grietas en la autoestima.
Por suerte, una tiene esas amigas que le hacen reirse de todo, hasta de lo más inquietante… Le contó a la tarde siguiente, como si estuviera confensando un gran secreto, su entrada “triunfal” al bar de la noche anterior. Esa amiga, veterana en tratarla, que siempre le decía ante una decepción sentimental que “hay más tíos que botellines“. La amiga inseparable en los malos momentos, la que siempre tiene palabras de apoyo para ella, le dijo: “Lo bueno se sirve en botes pequeños. ¿No dicen que lo bueno si breve dos veces bueno?”
Consiguió que se rieran un buen rato de la situación acongojante para la protagonista (“avísame si lo vas a repetir, ¡que lo quiero ver! Pero no te acostumbres a hacerlo, ¡eh? Que pierde impacto”) y lo absurdo de su huida, convirtiendo el momento en un chiste y su retirada a tiempo en toda una aventura.
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