Café con leche

Se cruzaban todas las mañanas en la misma cafetería, próxima a sus respectivos centros de trabajo. Él pertenecía al departamento de tutela de menores, ella… qué más da.
Él ocupaba una mesa con el resto de sus compañeros, un grupo numeroso. Ella llegaba unos diez minutos después acompañada por dos personas que se sentaban en la mesa de al lado u otra colindante. Él esperaba ese momento cada mañana y la miraba embelesado cada vez que la veía traspasar la puerta, luego apartaba la vista y se sumergía en su mundo de pensamientos y fantasías dejando de lado la conversación de la mesa. Ella lo miraba también, a veces, no siempre, y con menor interés, ya que solía permanecer más absorta en sus cosas, en la charla con sus compañeros, en el chute de cafeína que necesitaba para continuar su jornada laboral.
Se fijaba en qué tomaba ella, casi siempre un café con leche templada y algo para comer, un dulce era lo más habitual. Observaba discretamente cómo masticaba, a veces con un hambre voraz; prestaba atención a su risa, transparente, amena; estaba pendiente de cómo hablaba animadamente con sus compañeros de mesa, en cómo escribía ágilmente un mensaje en el móvil o en cómo se quedaba seria, con la mirada perdida en cualquier parte buceando en quién sabe qué idea…
Cuando él se levantaba para marcharse, apresurado ya por el tic tac del reloj, la volvía a mirar intentando esbozar una media sonrisa, como si fuera un “hasta mañana” sin ser pronunciado.
Ella, que fumaba ansiosa su último cigarrillo del desayuno, no solía contestar a esa última mirada, tal vez ni se percataba de la marcha de su admirador.
Una mañana, antes de las vacaciones de verano, tras meses de encontrarse en la misma cafetería, la más barata del barrio, en el mismo horario durante los días laborables, se toparon en la puerta del baño.
Te invito a cenar– le espetó él sin pérdida de tiempo, sin saludo previo ni otro tipo de comentario que hiciera romper el hielo, sintió el impulso no premeditado, la oportunidad de la cercanía, el roce.
-¿Cómo?- dijo ella extrañada. Le había escuchado perfectamente, pero no se le ocurrió nada mejor que decir ante el atropello inquisitivo del hombre.
Que te invito a cenar– repitió de nuevo más inseguro y con la voz temblorosa.
-¿Cuándo?- preguntó sorprendida ante la propuesta y aún sin ninguna ocurrencia más avispada que pronunciar.
Ahora. Quiero decir, hoy mismo-.
Hoy no puedo… He quedado… En otra ocasión…- contestó poco receptiva a su invitación.
Y se marchó sin más, apresurada, regalándole cordialmente una sonrisa nerviosa pintada en la cara.
A partir de entonces nunca más le expresó nada, ni tan siquiera había conseguido averiguar su nombre, a lo sumo se saludaban con un gesto de cabeza o un sencillo “hola” cuando ella llegaba cada día a la cafetería de siempre. Jamás buscó un nuevo encuentro, aunque continuara observándola de reojo, intentando ser más discreto. Y, tras el café con leche, regresaba a su lugar de trabajo mientras dejaba impreso en el aire un suspiro de derrota.

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de Silencio Publicado en relatos

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