PELÍCULAS (IV)

En una noche de fin de semana, “El Experimento” (Oliver Hirschbielgel, Alemania, 2001) resultó ser una película interesante, perturbadora, claustrofóbica… De esas historias que muestran las miserias humanas, las más internas y mezquinas de unos y las respuestas de supervivencia de los otros. De ésas películas que te pone el vello de punta ante la idea del sometimiento; que divide a las personas que participan en el experimento en categorías antagónicas.
De esas situaciones extremas que una vez más manifiestan que cuando a un personaje inseguro y con complejos le das un poco de poder por pequeño que sea éste, será siempre el peor jefe del mundo, el que quiera sacarle más trozo a ese mandato, a esa mínima parcela, se convertirá en un tirano, aunque sea a menor escala. Ése tipo de persona es la que más miedo da y, a la vez, la evolución conductual más llamativa de observar. Lo más llamativo es comprobar cómo procede la distribución de los roles entre carceleros y prisioneros y cómo cada grupo va desenvolviéndose en función de su papel, sobre todo, cuando las normas ya brillan por su ausencia.
Este tema viene a colación de otra película que me recordó en algunas cuestiones a la anterior: “Kontroll” (Nimród Anta, Humgría, 2003), un largometraje húngaro, curioso, también claustrofóbico, con pinceladas innovadoras, metafóricas y surrealistas, desde mi punto de vista, y también centrado en las miserias humanas pero desde otra perspectiva bien distinta.
Aparte de la narración sobre la vida poco agradecida de los controladores del metro y la relación ambigua con los pasajeros, que creo que está muy lograda, con toques humorísticos en el guión e imágenes muy cuidadas, incluso en las persecuciones, podemos encontrar secuencias más intimistas en las que se revela a uno de los protagonistas fuera de su turno de trabajo, deambulando siempre por la red del metro, entre las vías, en los túneles, por los pasillos, ante el miedo de salir a la superficie. En estos planos, más lentos, incluso algo aburridos, también debido al sueño y al cansancio mientras veía la película, el director consigue un efecto de soledad asfixiante, de desesperación ante la noche, de encierro cautivo en uno mismo, cuestiones que Bulcsú, el susodicho personaje, superará gracias al amor (en esto la historia no es muy original, pero bueno… ). Incluso teniendo este desenlace como hándicap, el director consigue hacerlo bonito, porque no llega a ser cursi, ni se recrea especialmente en la prevalencia del amor por encima de otros valores.

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