NADA

Donde nos llevó la imaginación,
donde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.
Donde se creó la primera luz
junto a la semilla del cielo azul,
volveré a ese lugar donde nací.
De sol, espiga y deseo,
son sus manos en mi pelo
de nieve, huracán y abismos,
el sitio de mi recreo.
Viento que en su murmullo parece hablar,
mueve el mundo con gracia y le ves bailar
y con él al escenario de mi hogar.
Mar de bandeja de plata,
mar infernal,
es un temperamento natural,
poco o nada cuesta ser uno más.
Silencio, brisa y cordura
dan aliento a mi locura,
hay nieve, hay fuego, hay deseos,
allí donde me recreo.
“El sitio de mi recreo”. Antonio Vega

[A ti, que hace años que no estás, que te recuerdo con cada estrofa de esta canción, que consentiste los vaivenes de mi humor, que me querías y valorabas…]

Sobrepasó el límite de ese lugar que representaba para ella una línea entre el presente y el pasado. Hacía años, muchos, tal vez quince, que no pisaba ese rincón del tiempo. Y como si se tratara de una película de Steven Spielberg, alguna de la saga de “Regreso al futuro”, vio a un abuelo sonriente ante su llegada, paseando por la tierra recién sembrada y con un manojo de verduras para cocinar esa misma noche. Ella, con dos coletas despeinadas, se dio cuenta de que portaba entre sus manos un pequeño termo lleno de café y unas rebanadas de pan con azúcar para él. Y, sobre todo, le soprendió la sensación de seguridad que hacía tanto no experimentaba. Segura del entorno conocido que la rodeaba y segura de sentirse querida y protegida.

Pero ahora las zarzas lo cubrían todo, se extendían desde el interior de la cabaña que un día fue habitada por casi todo tipo de animales domésticos, hasta el tejado donde se guardaba la hierba seca y que le sirvió de hogar al perro del que se encaprichó.
El terreno ya no era seguro, todo se mostraba más vacío, condenado al descuido, al olvido. Pero había alguien observando que lo recordaba de otra manera, con otros colores y otra vida. Atemorizada por esta imagen fantasmagórica que le ponía de manifiesto la existencia de unas raíces que ella había echado tanto de menos y de las que recordaba tal vez sólo un resquicio. Y, sin embargo, ahora, ya sólo era como una triste maceta en la que crecían espinas.

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