El ángel de la guarda

Esta vez se cruzaron en la Plaza del Carmen, junto a los multicines Acteón. Como casi siempre, él iba puesto (de qué es un misterio). Se acercó a ella directamente para pedirle tabaco. Se lo dio y ambos siguieron sus respectivos caminos.
Ella le solía ver a menudo por la zona centro, a veces cruzando la Puerta del Sol cartón de vino en mano, otras en un autobús dirección Carabanchel. Él es toxicómano y vive prácticamente en la calle, desde hacía mucho, ella lo sabe desde la primera vez que se encontraron. Y cada vez que le reconocía entre la multitud, ella no podía evitar clavarle los ojos, seguirle con la mirada, inquisitiva, para comprobar cómo se encontraba él, si más delgado, si más quedado que otras veces anteriores, preguntándose si tendría esa noche dónde dormir… Lo curioso es que a simple vista, a ninguno de los dos les une nada.
Pero cada vez que le ve, ella recuerda una conversación, unas palabras intercambiadas hace ya varios años. Una noche de un fin de semana, en plena primavera, ella lloraba desconsoladamente sentada en la acera de la Plaza del Ángel, viernes o sabádo por la noche. Un noviete suyo acababa de dejarla, sin esperarlo, no sabía si lloraba por el dolor de la pérdida o por la poca consideración que él había tenido en muchos momentos hacia ella, si sentía más rabia o desilusión… Esa noche, con la ciudad atiborrada de personas, se sintió muy sola. La gente pasaba mientras no podía evitar continuar sollozando, incapaz de moverse de allí, triste y desgastada. Y él, que se preparaba los cartones para dormir a unos metros, en un portal, se acercó y, aunque drogado hasta las cejas, tuvo la sensibilidad de preguntarle si estaba bien. Ella, ante la pregunta, sintió ganas incontrolables de contarle en torrente todo lo que le había sucedido esa noche. Y él, colocado y todo, supo tener empatía, consiguió que ella se sintiera tímidamente reconfortada, mientras la gente seguía su trayecto hacia los bares de copas y les dirigía a ambos miradas extrañadas. Él estaba dispuesto hasta a compartir lo escaso que tenía, sus cartones, pero eso no fue necesario.
Después de aquella vez, ella volvió a topárselo en un dispositivo de metadona, en Legazpi. Y preguntó a sus compañeros cómo se llamaba ese chico, con el que una noche compartió sus penas.
Por eso, cuando se acercó a ella esa tarde para pedirle tabaco, la segunda vez que él le dirigía la palabra, ella tuvo ganas de decirle “gracias”, pero no se atrevió. Él no se acordaría de la escena, pensó, cómo se lo podría contar… Y calló para retomar su camino por la Plaza del Carmen mientras pensaba, con una breve sonrisa trágica, que tal vez tenía un ángel de la guarda yonqui, pero eso último le daba igual.

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de Silencio Publicado en relatos

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