Cursilerías

ÉL: “Esa tarde la miré de nuevo antes de terminar la clase. Primero con el rabillo del ojo para no ser descubierto y, después, cuando aseguré la clandestinidad de mi mirada, me dirigí más confiadamente y disfrutando de su figura. No era guapa, pero tenía un atractivo especial, un no sé qué que me tenía loco desde hacía semanas; desconozco si tenía que ver con cómo acariciaba las cuerdas del violín, con sus manos, cuidadas, finas, muy bellas, sus estirados dedos que sabían colocarse solos por el instrumento musical. Me prendaba esa expresión suya cuando me mostraba cómo debía percibirse la siguiente obra de estudio: tomaba el violín entre sus manos, se lo colocaba ligeramente, entrecerraba los ojos y tocaba.
No siempre me había sentido así. Nuestra relación era puramente comercial, yo le pagaba y ella me daba clases. Al principio, tocar el instrumento era lo más importante, lo que me llamaba la atención, se convirtió en mi reto personal y en una satisfacción brutal cuando conseguía percutar las cuerdas y conseguir la nota deseada. Después, más tarde, llegaron obras de Bach, Joaquín Rodrigo y hasta de Chaikovski. Años antes yo sólo había tocado la flauta travesera hasta que una novia mía, compañera de estudios del conservatorio, me incitó al arte del violín. Así empezó mi aventura con este nuevo instrumento, dificultoso para mí, ya que no soy ningún virtuoso de la música. Lo intento una semana tras otra.
Pero una tarde, no hace mucho, todo cambió; no estoy seguro a qué se debió el surgimiento de esta emoción. Mientras se descolgaba el bolso y se preparaba para la clase, intuí los pechos de ella bajo una blusa de color ocre, aparentemente de tacto sedoso. Tras los pechos, repasé su cintura, las piernas, el trasero… recordé cómo me había hablado cada vez que me ofrecía una explicación, su voz tenue, tranquila, cómo movía los labios al pronunciar. Y, por último, clavé mis ojos en los de ella, tan expresivos, tan melancólicos, tan tristes. En ese momento perdí el autocontrol, dejé de concebirla exclusivamente como mi profesora para convertirse en un deseo platónico. Ahora, durante las clases, el nerviosismo provoca que los colores encarnados inunden mis mejillas, ya soy incapaz de mantenerle la mirada mientras me habla de la obra que ensayamos cada tarde. A la vez, soy consciente de que mi deseo sólo pertenecerá a mis fantasías, como tantas otras veces, que sólo tomará forma en los instantes antes de dormirme, cuando la oscuridad me brinda los momentos de sosiego y de mayor intimidad conmigo mismo para soñarla e imaginarla en otras situaciones, siempre a mi lado, vulnerable pero sin miedo. Algo así debe ser el amor, la superación del miedo a mostrarte frágil frente al otro, con la amada puedes ser quebrantable, no hay problema, respetará esa vulnerabilidad.
Sé que no tengo ninguna posibilidad. Ella nunca se fijaría en alguien como yo, cabizbajo, complicado y emocionalmente inestable. Aunque el otro día creí observar una mirada diferente cuando expresó su contento ante mis progresos, cuando yo estaba cruzando el umbral de la puerta del aula, alejándome de ella. ¿Será que mi imaginación me juega malas pasadas tras fantasear cada noche, antes de entrar en un sueño profundo, con lo visible y lo invisible? Guardo cada detalle suyo debajo de mi almohada, cada sugerencia, cada consejo técnico para conseguir tocar mejor, todo es tan embriagadoramente correcto… que ya me sobran las palabras.”

ELLA: “Ésta es la tarde de la semana a la que doy clase a uno de mis alumnos favoritos. Me apetece verle, no es por su calidad musical, ni su facilidad para el aprendizaje… He notado que desde hace días me mira de una forma transgresora, a veces me incomoda y otras me halaga. Creo que le gusto pero no es seguro, juraría que tiene novia, una chica de su edad. ¡Pobre diablo! Debe ser un chico impresionable. Lo cierto es que el muchacho es dulce, tímido, y a la vez, tiene algo que transmite mucha energía, pero una fuerza calmada, contenido, aunque sea contradictorio expresarlo así. [Suspiro] De todas maneras es mi alumno y hay reglas que no me puedo saltar. […] ¿O sí? ¿Podría? Me gustan sus miradas, intensas, duraderas, de cierto deseo. Y hacía mucho que no me echaban el ojo así. Mi marido ya hace mucho que me ve como un mueble más de la casa. Y mi amante, un pianista de renombre, distraído y preocupado por sí mismo, hace tiempo que no me satisface, que no me interesa, que no nos llenamos ni disfrutamos juntos. Pero este chico… me hace sentirme muy viva durante el tiempo que compartimos en clase. Yo finjo que no lo noto pero he comprobado que repasa cada parte de mi cuerpo y se queda con ganas de decirme algo cuando se predispone a abandonar el aula al término de cada clase. Hace siempre lo mismo, me mira algo angustiado, se queda fijamente en mis ojos, como si buscara una señal, para acabar bajando la cabeza mientras dice: “Hasta la semana que viene”.
Y me gustaría que una tarde, esta misma tarde, decidiera no marcharse, decidiera no cruzar la puerta, para no escuchar sus pasos lentos e inseguros, mientras murmulla y maldice su suerte, apartándose de mí.”

 

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