Chocolate, mejor vivirlo a que te lo cuenten

Chocolate. Chocolate. Chocolate. No hay en ninguna parte de la casa.
-¡Mamá! ¿Dónde puedo encontrar chocolate? ¿Dónde lo guardáis?-
Nosotros no comemos chocolate, ya no compro.
¿Quéeeeee? ¡No puede ser verdad! ¡No hay chocolate en ningún escondrijo de la casa! ¡Mientes! ¡No puede ser verdad!
Y mi padre me ilusiona un poquito: -¡Busca por ahí, que seguro que encuentras algo!-
Joder, qué tragedia más dramática. Creo que me voy a morir… ¡NO HAY CHOCOLATE! Por lo menos, si estuviera en Madrid, podría acercarme al chino de debajo de mi casa y comprar una tableta o un bol de helado (de chocolate). ¡Sííí! De esas con avellanas… Bueno, en este caso, chocolate normal, del extrafino, me valdría. ¡Dios, no sé cómo sobrevivir al fin de semana sin chocolate!
Y es que a veces me quedo sin ganas, en principio, sin motivo especialmente aparente. No disponer de chocolate, me afecta al estado de ánimo. Si me deprimo, no tengo con qué contrarrestar y el chocolate, aunque no lo cura todo, aseguro que ayuda y bastante. No es sustitutivo de nada, como dicen las habladurías, sino un aporte complementario básico, si lo sabré yo… que soy cum lauden en materia chocolatil. ¡Aahhhggg! ¡Pero ahora no tengo chocolate! ¡Buuuuaaaaaa! No tengo chocolate ni ganas de hablar. Me pasa en algunas épocas, más a menudo de lo que me gustaría, que no tengo ganas de hablar. A veces, cuando me preguntan sobre alguna cuestión sobre la que no tengo fuerzas para comentar, no por motivos inquietantes o malévolos, es que… me cuesta encontrar las palabras adecuadas, no sé explicarme y como me parece difícil decirlo y que lo entiendan, me atasco, me emboto y ya me he bloqueado. Así es la historia, una jodienda, porque suelo quedar fatal. Encima, odio esa frase después de haber hecho un esfuerzo sobrehumano por explicar algo emocional y me dicen: “explícate mejor“. ¡Buf, déjame tranquila, no puedo más! Después de estas situaciones “límite”, el chocolate es un atenuante. Aunque no es necesario llegar a esos extremos, si lo que me pasa es que no me apetece conversar de nada con nadie porque no me siento bien, (y eso no significa que la cabecita deje de dar vueltas, una tras otra, asfixiante e inagotable) también en ese caso, la solución más apremiante es:¡Tacháaan! ¡Chocolate!
También ayuda después de un enfado, de esas veces que te irritas y te lo guisas tú solita. Pues no sé… cuando no te han llamado y lo esperabas, cuando no has sentido que hayan contado contigo, cuando tienes serias dudas, cuando las cosas no salen como esperas, cuando sientes que te han ocultado algo, cuando sientes a la persona querida lejos, lejos… y ya no sabes qué hacer con tanta mala leche acumulada: ¡Chocolate! ¡Que te lo digo yo! Lo de la decepción es otro cantar, eso sí que deja sin ganas de nada, ni de chocolate siquiera.
Y preguntaréis… ¿qué hacemos después de tanto atracón de chocolate? Porque después de tanto desahogo acabaremos pesando más que un elefante… Mmmm, ahí ya no tengo la respuesta, a mi me sirve integrar el dulce con andar y… bueno… se me ocurre que si puedes hacerte con un amigo/a que te haga favores, o pareja o ligue que te siga el ritmo durante toda la noche… pues chica/o… eso también ayuda, para qué vamos a decir lo contrario. Dos horas seguidas de sexo queman una burrada de calorías, así que aprovecha, tú que puedes.
¡Ah! Por cierto, se me ocurre que nuestra reportera más dicharachera de Cuatro, a la que espero cada mes ansiosamente, y que lidera el programa”21 días“, podría jugar en su próxima edición a sobrevivir comiendo chocolate durante X días (porque es mejor vivirlo a que te lo cuenten). Por el cotilleo de ver qué caras pone ante la cámara y qué conjeturas profundas será capaz de hilar chocolate en mano… ¡con el seguimiento estricto de un médico!; eso sí, se presentará divina de la muerte y sin falta de maquillaje tras pasar unas “vacaciones” en un poblado chabolista (y me muerdo la lengua para no encajarle ninguna indirecta más, que luego tengo quienes me censuran por ser tan mala pécora). Ummm, pese a todo, creo que sigo prefiriendo lo de 21 días en un campo de entrenamiento para terroristas suicidas, no sé, lo veo con más chicha (juas juas, nunca mejor dicho). En ese sentido, encontré a alguien que parece entender de verdad lo que siento por Samanta Villalar. Me quedo con las Meditaciones de una Rosquilla, aquélla que escribió: “[…] lo mal que me caes y lo bien que me lo paso criticándote…para que veas que los demás también vivimos los contrastes… petarda,que eres una petarda!”

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4 comentarios el “Chocolate, mejor vivirlo a que te lo cuenten

  1. Recuerdo aquellas jornadas completas en la biblioteca de humanidades de la UAM, donde pasaba horas y horas, viendo cuerpos esculturales hormonando, lo aplacaba tomando palmeras de chocolate. Y eso que donde esté las patatas campesinas o los konos que se quite el chocolate, jeje…

  2. Jajajaj esperando estoy a Samantha en las chabolas…que se va a enterar jajaja…

    Y el chocolate…yo soy adicta..me mosqueo..chocolate..lloro..chocolate..celebro un buen día…chocolate..soy tan chocoyonki que he llegado a comerme el colacao hecho cremita para suplir mis ataques de nervios delante de la nevera con cara de posesión y diciendo: porqué no hay chocolateeeee??

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