Cuando da miedo saber

“A veces, la búsqueda del porqué es engañosa. No caigas en esa trampa, es posible que lo importante sea la respuesta a otras preguntas y, sobre todo, obrar en función de lo pactado contigo misma”.
Érase que se era, una pequeña duda que vagabundeaba por la cabeza de un humano. Esta historia de una duda comienza como muchas otras historias, la mayoría por casualidad, de esas veces en las que te lías la manta a la cabeza ante las posibilidades que ofrece el condicionante “y si…”; hasta que esos “y si…” se hacen interminables, sobre todo algunas noches, ésas en las que cuesta conciliar el sueño porque no encuentras las respuesta al por qué; o más bien porque puede haber múltiples respuestas a una misma pregunta, con lo cual la composición se complica (y no metafóricamente).
Duda no vivía sola, sino que muchas veces se topaba con miles de dudas ocupando el mismo espacio que ella y eso la tenía agobiada. En esos momentos de atropello mental por parte del humano, nuestra pequeña duda refunfuñaba ya que todas se sentían más importantes que las demás, aunque esto dependía del momento del día. Por las noches, las dudas que portaban ideas existencialistas, o que dependían de decisiones determinantes solían tomar más espacio, engordaban y engordaban. Durante horas de más luz, las dudas prácticas y algunas conjeturas sobre el devenir humano cotidiano eran las que cobraban mayor poder. Ésta, nuestra pequeña duda, portaba un intríngulis nada fácil de aclarar, así que era de las veteranas de la cabeza humana. La persona portadora de tantas dudas e indecisiones había tenido una gran maestra en el arte de las elucubraciones. Lo que le fastidiaba a más no poder era elucubrar y no equivocarse, porque rizar el rizo era lo suyo, hacerlo con sustancia, con alevosía y premeditación, envolviéndose en sus propios pensamientos circulares, de esos que hacen más daño que otra cosa, que no le ayudan a mejorar ni a ser mejor persona sino a sentirse mal, mal, mal… para después, tras unas horas, quedarse ofuscada y agotada ante tanta elucubración, que hasta ella misma se había creído su montaje. Llegados a esos puntos negativos y destructivos, le encantaba descubrir lo equivocada que estaba y la poca razón que tenía, lo infructuoso de la película que había dirigido ella sola. Y a lo mejor, sus pensamientos no estaban mal encaminados, pero… dudas interminables, sin maneras de comprobarlo sino con la propia experiencia y eso requería un tiempo precioso. O no, también podían ser dudas engañosas, de ésas que no constan, tan sólo en su propia subjetividad. Y en otras ocasiones, las dudas se alojaban por períodos indefinidos, ya que el esfuerzo y el miedo a despejar las incógnitas eran superiores a la potencial satisfacción que podía suponer el descubrimiento de la respuesta.
¡Mierda! Puede ser que no todo esté en los libros.
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