Preguntas, Korda y el concepto de violencia

Zapatero estuvo hace dos noches en un programa respondiendo a las preguntas de cien ciudadanos. Una retransmisión televisiva bastante bien vendida a los espectadores. Entre estas personas, apareció un sacerdote dando por saco, presencia excusada porque en el programa deben estar representados todos los estratos sociales y muchos colectivos diferentes. La pregunta del susodicho versó sobre si el presidente del gobierno opinaba si el feto era un ser con vida o no. Por suerte, Zapatero evitó contestar como persona con moral, es decir, contestó como presidente del gobierno y expuso su idea de mejorar la actual legislación sobre el aborto y proponer una ley de plazos, que es lo que se estila en el resto de los países democráticos occidentales. ¡Uf! Salió del paso aunque no creo que a nuestro conciudadano cura le gustara la respuesta. El presidente insistió en el derecho de las mujeres a decidir, derechos de los que la Conferencia Episcopal quiere saber poco, más que nada porque ve cómo va mermando su influencia en la sociedad española y cómo sus iglesias se van quedando vacías, de ahí su virulencia ante cualquier tipo de tendencia social que ellos no dirijan. Porque eso sí, el cura dejó muy claro que nuestro estado era aconfesional y no laico, como se afirmaba muchas veces.
Y con la asociación de pensamientos, me viene a la memoria la exposición de fotografía de Alberto D. Korda, el testigo que inmortalizó con su objetivo instantes de la revolución cubana, más conocido por ser el autor de la más célebre reproducción del Che. Aunque muchos reconozcamos el proceso revolucionario con componentes románticos, ideales motivadores, sanos valores y objetivos claros, estaban en una guerra. Aunque la violencia no puede ser nunca un fin en sí mismo, lo siento, pero muchas veces es el medio para los oprimidos y su única defensa tras haber considerado otros caminos. Y mejor que comunicaros las palabras de filósofos y los dedicados a la política, lo podéis leer directamente de un discurso de Carlos Fernández Liria que salió publicado en Rebelión el 20 de enero donde discutía esta concepción sobre la violencia, escrito con brillantez y valentía :
“Es muy sintomático que Hannah Arendt esté hoy día tan de moda. Los estantes de las librerías están repletos de libros de Arendt, se cita a Arendt en el Parlamento, tenemos a Arendt hasta en la sopa. A todo el mundo le resulta interesantísimo que un pueblo entero, el pueblo alemán, colapsara moralmente en los años treinta del pasado siglo XX. En cambio, se lee muy poco (de hecho, ni siquiera se le traduce demasiado) a Günther Anders, quien fuera, por cierto, su marido. Anders se ocupó más bien de denunciar la continuidad de ese colapso moral entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habíamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a una abismo moral en el que todos nos hacíamos cómplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido. A mediados de los ochenta, Anders renegó del pacifismo en el que había militado toda su vida de forma tan activa y argumentó que la única solución era la violencia. “Hemos hecho todo lo posible por convencer al mundo y está claro que no vale de nada. El mundo no está amenazado por seres que quieren matar sino por aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica, económica y comercialmente”. La economía capitalista ha llevado el planeta a un callejón sin salida. La situación es tan grave que, hoy día –plantea Anders- el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa. Estamos amenazados, la población mundial está amenazada de muerte, por vulgares hombres de negocios con aspecto inofensivo. “Considero ineludible que nosotros, a todos aquellos que tienen el poder y nos amenazan, los asustemos. No hay que vacilar en eliminar a aquellos seres que por escasa imaginación o por estupidez emocional no se detienen ante la mutilación de la vida y la muerte de la humanidad”. Estas citas están sacadas de un libro titulado Llámese cobardía a esta esperanza, que publicó una editorial marginal que, por supuesto, no ha gozado de la fortuna comercial de los editores de Hannah Arendt.”

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