Tonada navideña

Hoy varias personas me han dicho eso de “¡Feliz navidad!” y yo he contestado cada vez “sí, sí, que pasen pronto” y han puesto un gesto parecido a una sonrisa cuando han escuchado la ocurrencia. Hasta mi compañera de trabajo se ha reído por lo bajo cuando oyó en una de esas ocasiones mi contestación al teléfono.
-¡Qué macarra!-
-¿Yooo? Los macarras son ellos que dicen frases hechas sin ningún sentido.
Creo que con la próxima persona que me diga feliz navidad me pondré agresiva, con tanta felicidad saliendo de los poros de esta ciudad, no puedo pensar con claridad. ¡Apelo a mi derecho a estar triste! No sé por qué, si dicen que éste es un país democrático, no se respeta a las minorías a las que no nos gusta la navidad, que no disfrutamos cantando villancicos y a los que la melancolía nos abrasa, estos días más que otros. Bueno, lo primero habría que realizar un estudio social y averiguar si realmente somos minoría o, por el contrario, cada año somos más, pero muy aislados y poco organizados. Si fuéramos conscientes de la gran mayoría en la que nos estamos convirtiendo, entonces podríamos emprender una gran agitación social que derrocara las fechas navideñas del calendario y suprimiera las tradiciones católicas de este país “tan laico”, jeje.
Lo mejor de las navidades es el día 5. No porque sea la víspera del Día de Reyes, sino porque por fin se ve un destello al final del túnel y sabes que en dos días se evaporarán todas las luces excéntricas de la ciudad, recuperarás tu compás de siempre, tal vez feliz o desdichado, pero sin la obligación de una cosa ni de la otra, como parece que transmiten estas odiosas fiestas. Ah, y también comenzarán los anuncios en todos los comercios invitándote a continuar consumiendo sin ton ni son, porque tienes que aprovechar las oportunidades. Bien, el sistema neoliberal continuará su ritmo.
Puede que mi reacción sea, después de todo, una respuesta a la oleada social general, que mi padre siempre me dice que a contracorriente nunca es fácil y yo me empeño una y otra vez, año tras año, deseando que estas terribles celebraciones hagan sus estragos lo antes posible para poder retomar tranquilamente lo cotidiano, sin luces que te deslumbren sin razones aparentes, ni canciones absurdas que la gente corea después de emborracharse, ni celebraciones católicas a las que atender si uno no quiere.
En su lugar, podría instaurarse la celebración del solsticio de invierno que, al menos, eso sí es un hecho objetivo.

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