Tan cerca, tan lejos

A veces tengo la sensación de que la vida es una broma pesada que nos han gastado y hay alguien, no sé dónde, partiéndose de risa, observando con perversa diversión cómo nos las apañamos con las diferentes situaciones que provoca, como si esto fuera una especie de “Show de Truman”. Comentaba el engreído fraile o cura o lo que sea que bautizó a mi sobrino [¿qué le vamos a hacer? No pude convencer a sus padres de lo contrario, pero el pequeño está tranquilo, le prometí que de mayor apostataríamos juntos y dejó de llorar, jeje] que no había conocido a ningún ateo convencido. Creo que delante, en ese mismo instante, tenía a varios, aunque tampoco podría asegurarlo, sólo puedo hablar por mi, que abandoné la fe cristiana hace mucho. No creer en ningún dios causa a veces cierta angustia, porque significa que los humanos estamos “abandonados” en el mundo a nuestra suerte y eso, mucha gente, no lo puede admitir, le origina gran desasosiego y vacío. Yo también lo siento a veces, porque somos un auténtico desastre, si viniera a visitarnos un extraterrestre, saldría corriendo del planeta Tierra despavorido ante tanto sinsentido. Después de todo, creer que efectivamente hay algo sobrenatural o sobrehumano, tendría que concebirse como un ser vengador, agresivo y burlón, que se ríe de todo cuanto nos pasa, que permite que ocurran cosas desgarradoras, poniéndonos a prueba constantemente y eso sí que no es tolerable. Tal que así, como si fuera alguna de las vías que Santo Tomás pretende utilizar para probar la existencia de su Dios, es esta explicación alternativa para mi (una de ella, tengo más) de que no lo hay. Y me da igual que haya un paraíso esperándome en otro sitio, yo quiero el paraíso aquí, dios no debería hacer chantaje emocional. ¡Y a los creyentes se lo hace!
Hasta este punto han derivado mis pensamientos después de encontrarme en mi paseo nocturno hacia casa con una mujer con la que hablé en Atocha. Sí, mi sábado noche ha concluido con una minicita con una toxicómana. Estaba mendigando y se acercó a mí. Debo decir que iba a pasar de largo pero pronunció desde el principio unas palabras mágicas: “Soy asturiana” . Y me paré en seco. ¿Qué hace en Atocha, una asturiana toxicómana, una sábado por la noche y amenazando lluvia? Me pudo la curiosidad de conocer la historia que tendría detrás, lo que querría contarme y de cómo yo luego elegiría los datos que podrían ser ciertos o no. Pedía dinero para pagarse una habitación primero y luego para comer, que el dinero no era para otra cosa. Le dije que utilizara las monedas para lo que quisiera, ella conocería sus necesidades, no iba a pedirle explicaciones. Le comenté que éramos paisanas. Me preguntó de dónde era yo, se lo dije y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Qué cursis y sentimentaloides podemos llegar a ser los asturianos emigrantes cuando hablamos de nuestra tierra! Ella es de un pueblo de la cuenca minera y tenía muchas ganas de volver porque allí estaban sus hijos, tenía dos, uno de 18 y otro de 11 años:
-¿Tú no tienes hijos?-
Pues no…-
Vine a Madrid a trabajar y mira cómo estoy-. En la calle.
Esta ciudad puede ser muy dura, es abierta y suele recibir bien a los forasteros pero tiene la otra cara de la moneda, puede hacerse muy difícil echar raíces en tierra de nadie. Me arrepentí de no haberme quedado más tiempo con ella, me quedé con ganas de saber más y de contarle también, de tomarnos algo juntas.
Este encuentro me hizo recordar a C. el resto del camino, una alcohólica portuguesa, que vivía en el pasadizo de Plaza de España. Cuando la conocí ya no bebía. Decía que siempre le había dado mucha vergüenza pedir dinero y que lo había hecho en contadas ocasiones. Una de ellas, fue durante el mono; se acercó a una chica tímidamente y le dijo la verdad, que era alcohólica y que necesitaba comprar un cartón de vino, si podía darle un euro, con eso era suficiente. Y la muchacha se lo dio. Aquella anécdota me hizo reflexionar, me preguntaba si yo hubiera sido capaz de darle el dinero después de detallarme para qué lo iba a utilizar, en esos momentos me creaba ciertas contradicciones morales. Después del tiempo transcurrido y haber aprendido tanto de ellos y ellas, sé que esa situación no me crearía problema alguno en la actualidad, también se lo daría sin dudarlo. La abstinencia de los alcohólicos es la más dura y peligrosa que existe, de hecho, hemos hecho desintoxicaciones con dosis reguladas de alcohol. Y, sin buscarlo, llegó a mi mente el alcohólico más entrañable que he conocido, aquel que se inventaba las mejores historias para excusar sus positivos de alcohol. Podía contarte que le habían dado un bombón de licor o que la ternera que se había comido llevaba vino blanco y de ahí el positivo del alcoholímetro. Y tenías que disimular la sonrisa para que se tomara en serio la terapia.
No sé si esta madrugada mi paisana asturiana dormirá después de haberse metido un pico que habrá conseguido después de mendigar toda la noche; tampoco sé si sus circunstancias actuales la dejarán volver a Sama de Langreo y presentarse tal cual ante sus hijos. Sólo sé que ella, como todos los demás, necesita dignidad y un acercamiento de tú a tú. Sin más (ni menos). Lo contrario sería patético paternalismo y muestra de incierta superioridad mal entendida.

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