Grandes filósofos

No se puede aprender filosofía, tan sólo se puede aprender a filosofar
Inmmanuel Kant
Hay grandes filósofos, clásicos, presentes en cualquier libro de Ciencias Sociales que se precie y, por lo tanto, reconocidos por la historia. Podemos recordar a Platón, Sócrates, Kant, Descartes, Sartre (por desgracia todos hombres)… Pero también hay espléndidos filósofos, aunque no profundicen mucho en la metafísica, que se encuentran más cerca de lo cotidiano, de lo palpable y lo irremediablemente humano. Y me refiero a aquellos desterrados que aprenden “en la universidad de la vida”, como un día dijo otra gran mujer que conocí llamada Heidi Rueda.
Todo esto me vino a la cabeza esta noche, haciendo zapping. Encontré por casualidad la nueva entrega del programa titulado “El coro de la cárcel”. Cuando cambié de canal encontré un grupo no excesivamente numeroso de hombres y mujeres que aprendían en un taller de música a cantar canciones, más o menos entonadas, y a reflexionar sobre sus letras. El tema que el profesor les presentó esta vez para aprender fue uno del Arrebato. Ese grupo o ¿solista? (perdonad mi incultura) me inspira cierta ternura porque es un exitazo entre la población de lugares más humildes y enterrados, algo tendrá. Sinceramente, lo conozco por las varias veces que lo han nombrado en la serie de televisión Aída, ya que a la hija de la protagonista le encanta, es capaz de hacerle a su madre mil perrerías para conseguir acudir al concierto del Arrebato. Y sí, lo confieso sin complejos, soy fiel seguidora de la serie; grandes personajes, grandes filósofos representados con ironía y sátira, mucha sátira.
Volviendo al taller de música, los alumnos y alumnas recibieron la noticia de la enseñanza de la canción del Arrebato con júbilo y, de hecho, ya la conocían. Son totales. Y no se trata esta vez de una serie de ficción, ni de ninguna representación teatral. Todos los presos y presas son de verdad, de esos de carne y hueso, que no es tan difícil encontrar a nada que te pares por la calle. Y llegan al alma. Qué incongruencia la de éstas, nuestras Instituciones Penitenciarias, ésas que luego se quejan de lo abarrotadas que están las cárceles y de la falta de presupuesto para mantenerlas en condiciones más óptimas. Y qué asco la gente que piensa que la culpa es de los inmigrantes, que hasta vienen a ocuparlas. Por favor, las cárceles españolas, ¡también para los españoles! Porque encima tenemos que mantenerlos a toooodos, ¿por qué no instituir la pena de muerte? Saldría más barato. Bueno, después de esta ida de olla, me parece una pena que sólo haya contadísimos centros (probablemente con los dedos de una mano en todo el país) que puedan servir de modelo alternativo para el resto de las prisiones. Eso por un lado. Por otra parte, algo falla cuando hay, por ejemplo, chicos muy jóvenes, uno de 18 años al que sus compañeros, también presos, le hablan de que tiene que elegir un camino y no malgastar más de la mitad de su vida en la cárcel, como habían hecho los compañeros que le “asesoraban”. Estaba otro caso, que me llamó la atención por su crudeza: una mujer de 39 años, muy castigada físicamente, que había estado desde los 17 en la cárcel y le quedaban sólo tres meses para salir. Desde que había entrado al final de su adolescencia, sólo había vivido en libertad un mes. Pensé en el amargor de esa mujer cuando cruce los muros de la cárcel, porque cuando salga estará perdida en el mundo. ¿Adonde irá? Después de tantos años el desarraigo será casi absoluto, ¿cuánto tardará en volver a entrar? Ojalá que nunca pero no lo veo muy claro.
El “coro” reflexionó sobre la necesidad del dinero, uno de los temas de la canción. Uno de los alumnos comentó algo así como que sin dinero para la sociedad no eres nadie. ¡Filósofo! Una gran puñetera verdad, ¿no? El dinero, la posesión de lo material, te coloca en la escala social, sin dudas, y muchas veces condiciona la manera en que te relaciones. Esta re-re-reflexión no sé cuántas veces re-re- repetida hace falta de vez en cuando, aunque sea muy obvia, sobre todo pensando en la cercanía vertiginosa de las fiestas navideñas (que a ver cuándo las suprimen del calendario). Nuestro “querido” Gallardón ha colocado en nuestra ciudad más bombillas que nunca pero eso sí, de bajo consumo, no vaya a ser que encima le acusen de ser poco sensible a la crisis. Pero una cosa de la que no habla él ni los medios de comunicación (ni uno solo) es de la supresión, hace meses, del servicio que se inició a bombo y platillo cuando Ana Botella era Concejala de Servicios Sociales. Esta asistencia brindaba ayuda a los mayores, una prestación a domicilio que comenzó rodeada de una gran campaña destinada (a proporcionar votos con un lavado de cara) a paliar el número de ancianos que morían solos en su casa, sin que nadie hubiera llegado a asistirlos. Esto significa que la crisis económica ha llegado a Servicios Sociales (por otra parte, permanentemente en crisis, así que no se percibe tanto) pero, ¡milagro!, no afecta a las luces omnipresentes que adornan esta fiesta consumista y repulsivamente capitalista que, de forma soterrada, llamamos Navidad.
Y es que filosofar en las noches en vela da para mucho, como veis.
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