Buscando en el baúl de los recuerdos

Me llevo todas las noches en vela,
el peso de tu ausencia,
tu olvido del tiempo,
la sal de tu mar.
Me arropa la yema de tu dedo,
la memoria de la intensidad,
él deseo de seguir viviendo,
las ganas de pelear.
La vida es silbar. La Kermés
¿Habéis rebuscado alguna vez en el baúl de los recuerdos? Me pasa que buceo en él cuando menos me lo espero, mientras estoy conduciendo, en medio de una conversación o en un viaje en metro. A veces, si lo abro, estoy perdida. En otras ocasiones puede provocar más de una sonrisa; porque el baúl acumula de todo, es como el bolso de Mary Poppins, está lo bueno, lo malo, lo regular, lo que es preferible olvidar y también momentos que te encantaría tener siempre presentes, pero inconscientemente, se quedan en un rincón de la memoria. Así es mi baúl de los recuerdos, caótico, ordenado, abandonado y encontrado… todo a la vez.
Cuando me da por vaciarlo, encuentro bolsitas pequeñas de esperanza, de esas que se guardan “por si acaso”; tengo también cuadernos de amistad, de esos escritos con letras mayúsculas y aniñadas; en el fondo, polvorientas, se hallan los castigos y broncas de mis padres en una caja de madera cerrada con un candado; algún desengaño; encontré más de un “lo que pudo ser y no fue” desperdigados por el baúl; había unos recipientes de cristal con lágrimas de cocodrilo; muchos olores sueltos por aquí y por allá; alguna fotografía, aunque de esas no hay muchas; un par de cojines viejos hechos jirones, de esos a los que te abrazas cuando estás triste; un sobre de vergüenza y timidez; cartas “secretas” y mails que al final no envías a nadie; muchas conchas de mar, algunas de ellas, si te las acercas al oído puedes oír un grito, unos chillidos son de dicha y otros de auxilio; hay hasta un piano olvidado en lo más hondo… Una vez me topé con mimos de abuelos, bien recogidos entre papel pinocho de color fuxia; también hay un conejo de peluche, ya muy sucio, que era mi preferido (o eso me dijeron) junto con la casa de Pin y Pon y muñecas recortables que me regalaba mi abuela. Todo esto convive con un montón de imágenes de la tele, sobre todo de Barrio Sésamo, que por cierto, no sé si lo sabéis, pero Espinete vivía en la Casa de Campo de Madrid, que me lo dijeron a muy tierna edad, pero ahora, que voy a menudo, no me lo he encontrado nunca, ¿me habrán timado? Eso cohabita a su vez con la idea de que los Reyes Magos tenían alfombras voladoras, por eso el día de la Cabalgata te los podías encontrar en varios pueblos a la vez repartiendo caramelos. Junto con la genial idea de mi madre, cuando me explicó que el club de prostitutas de mi pueblo, era realmente un club de fans de ¡Julio Iglesias! ¿Y qué hacen ahí todas las tardes, mamá? Pues van a bailar, escuchan su música y charlan de sus cosas. Fue muy convincente.
Ahora que sé hace mucho que los Reyes Magos no existen ni que el club de mi pueblo era de Julio Iglesias, me gustaría creer en algunos de los cuentos de hadas, de esos en los que todo el mundo come perdices y todas las historias, sean de la índole que sean, acaban bien. Conozco a un retoño que estrenará en breve su baúl, en el que tengo pensado meter un montón de fotografías para empezar, espero que sus recuerdos sean mayoritariamente dulces, como el chocolate que tanto le gusta a su tía.
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