DE CUENTO

Anoche vino a verme Cenicienta. La habíamos concebido como una visita rápida, de dos amigas que hace tiempo que no se ven pero tampoco disponen de demasiadas horas libres para disfrutar juntas. La noté algo mohína, con sus harapos de siempre, que marcaron tendencia en su época, y con la cara manchada de su eterna ceniza.
Chica, estoy harta de esperar– comentó con resignación desmedida, seguido de un suspiro.
-¿A qué te refieres?- le pregunté.
Pues que llevo años esperando que alguien venga a ponerme el zapatito de cristal y no hay forma.-
Joder, Cenicienta, ¿te creíste el cuento? Tantos años perdida en el bosque de Blancanieves y ¿no has aprendido nada? – le respondí. -Los príncipes azules, por suerte, no existen. Los descubrimientos que te has perdido, Ceni…¿Pero qué quieres? ¿Pasarte la vida encerrada en un palacete, con unos zapatos de cristal que te provocarán juanetes y que te limitan el movimiento?-
Me miraba alucinada: -Chica, tú ya no eres la misma desde que te juntas con esas feministas. […] Me siento muy sola…-
La soledad, que tema tan interesante a la par que abrumador– comenté poco entusiasmada. ¡Que nos han vendido la moto, Cenicienta!- le contesté con el acento más vallecano que pude. –Mira, te voy a dejar un libro de un psicólogo social que se llama Carlos Yela, verás como se te caerán una serie de mitos que tenemos interiorizados, hombre y mujeres…- Y continué… –Tiene gracia, hace semanas, en el metro, cuando me miré en el cristal de la puerta, el reflejo me devolvió a una mujer adulta, que no era fácil de convencer, que miraba gravemente a su alrededor y se sentía un poco alienígena. ¿Tú no te sientes así?-
Sí, pero por otros motivos– y comenzó a llorar desconsoladamente.
Verla así y saber que ya no había nada que le pudiera decir para que se sintiera mejor, me decidió para llamar a mi amigo Drácula, que no era la mejor opción, pero fue el que se me ocurrió. El colega vino volando apresuradamente desde su castillo de Transilvania al saber que le esperaba una joven virgen (¿?) a la que chupar la sangre. Les presenté. A Drácula se le caía la baba a pesar de las pintas cenizas de mi amiga. Ella dudó más al verle, pero descubrió una oportunidad para cumplir su sueño de comer perdices. Total, que se quedaron a cenar y después, mientras yo me estaba quedando dormida en el sofá, se la llevó volando hacia el Templo de Debod, buscando intimidad. Debió funcionar la cita porque según me cuenta Cenicienta en los mails que he recibido desde Transilvania, está muy contenta con este hombre que le chupa la sangre casi cada noche. Esperan ya a un Draculín y aunque el castillo es un poco lúgubre, ella le está dando su toque de ceniza.
Hay que joderse, tantos años de lucha feminista para que luego la Ceni acabe así… Bueno, ella dice ser feliz. Hay gustos para todas, pensé, pero no sé quién es ahora más extraterrestre.

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