YA NO SOMOS INVENCIBLES

“Acaba de empezar
mi aventura en esta ciudad
y ya me he vuelto loca de pensar
que no sé donde estás
No es que te vaya a buscar,
pero verte no está de más,
y yo qué hago aquí si éste no es mi lugar
Aquí tampoco soy feliz […]
Y mis ojos tóxicos no quieren ver
ni sostener…
que ya no somos invencibles
ni increíbles
Tú y yo ya no nos queremos
y por eso no nos vemos
Ya no somos invencibles. Tulsa. Disco “Sólo me has rozado”
Hace años leí “Crecimiento Económico con Equidad, lecciones del Este Asiático”. En su momento significó un impacto personal porque el autor, Kevin Watkins, planteaba un modelo cuyos principios se sustentaban en la erradicación de la pobreza, el crecimiento con equidad y el compromiso político. Y en la fecha en que se editó el libro, 1999, se hablaba mucho en la facultad de este tipo de cuestiones.
El caso es que tiempo después, este mundo nuestro parece no haber avanzado en ese sentido un ápice, es más, va como el cangrejo. La pobreza, según el G8, la erradicarán en el 2050… ¡ansiado año en el que marcaremos una nueva promesa incumplida! Mientras que la equidad y el compromiso político son conceptos, nuevamente, que sólo entienden unos pocos mandatarios y una pequeña parte de la población mundial. Unos porque están tan inmersos en este sistema tan desigualitario y caprichoso, que ni se plantean que pueda haber otro; y es cierto que uno de los grandes éxitos del capitalismo es que ha convencido con la idea de que es el mejor de los sistemas económicos. Por otro lado se encuentran otros millones de personas, los desposeídos, los desheredados, cuya primera preocupación la ocupa buscar qué se llevarán a la boca al día siguiente.
Por eso, entre las muchas cosas que me rondan la cabeza últimamente, me acordé del título de la canción de Tulsa, que da nombre a esta entrada. Debe ser que los comienzos del otoño, esta estación que ya empieza a adivinarse entre las temperaturas más frescas y el hecho de añadir una manta en la cama, conlleva algunas melancolías, ganas de recogimiento, cierta apatía… Y es que dicen los psicólogos que el otoño y la primavera son las estaciones más “peligrosas” para los estados de ánimo.
Tantas cosas por cambiar que imaginas que poniendo tu granito de arena, algo se hará, y te esfuerzas por combatir argumentos, intentar buscar coherencia entre la idea y la praxis, también a nivel personal, porque se predica con el ejemplo… Pero hay momentos en que no se puede más, ni política, ni personal ni vitalmente en general, como que te cansas de que las cosas no sean como uno espera, o mejor dicho, como no esperabas.
Hay una persona que a veces me dice que me revise los efectos del Síndrome de Ulises. La primera vez que me lo dijo, le contesté con una burla, pero luego entendí su sentido. Como ya sabéis, Ulises es el protagonista de La Odisea, un personaje mitológico que añoraba su casa pero no podía volver a ella. En la actualidad, este fenómeno viene representado por una serie de problemas socio-afectivos que afecta a todo tipo de inmigrantes, más allá de los problemas económicos y legales ya conocidos. Joseba Achótegui, el psiquiatra que le dio nombre a este mal, lo define como una situación de estrés límite, con cuatro factores vinculantes: soledad, sentimiento interno de fracaso, sentimiento de miedo y sentimiento de lucha por sobrevivir.
Y a lo que voy es que aprender a reconocerse en un constante estado de emergencia, de autodefensa, y a sobrevivir a los naufragios pasa factura, no cabe duda, y también agota. A veces se necesitan señales para saber que uno no está en el camino equivocado.
Ideológicamente, esta semana he tenido una señal: los periódicos anunciaban con bombo y platillo la intervención económica del gobierno estadounidense como respuesta a la crisis. ¡Anda! El país ejemplo del neoliberalismo, saltándose las normas que enunció sagradas? ¿Qué ha sido de la mano invisible? Tanto tiempo defendiendo la idea de un estado intervencionista, escuchando burlas y comentarios fuera de tono, y resulta que teníamos razón, que mala idea no es cuando la deben utilizar para que su “magnífico” sistema no se derrumbe (por el momento).
Todo pasa, todo queda…
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