PELÍCULAS (II)

Hay películas y películas. Películas que cuentan historias. Y talantes y modos de narrarlas. Hace dos noches, ví Tierra, la película de Julio Medem. Sí, con unos cuantos años de retraso pero es que no es de mis directores favoritos precisamente. La cualidad de este creador, de la que muchos carecen, es que no suele dejar indiferente: o amas su forma de hacer cine o te puede disgustar profundamente. En mi caso, ya lo siento, pero no lo aprecio, me suele aburrir considerablemente. Así lo siento con La ardilla roja y con Tierra. Sin embargo Lucia y el sexo y Caótica Ana no me importunaron especialmente pero tampoco las volvería a ver, al menos, por ahora.
No sé por qué su forma de contar historias no me llega, vierte mucha poesía pero me acaba creando un cierto estado de somnolencia contra el que no puedo luchar. Ni Los amantes del Círculo Polar, película que me parece mucho más bonita y sencilla que las anteriores consiguió dejarme una huella especial y eso que es una de las preferidas de algunos de mis amigos.
Caso aparte el de su documental, polémico, por el cual en realidad, continúo con mis intentos de entender su cine: La pelota vasca, la piel contra la piedra es una genialidad que sólo él podría haber hecho, pero claro, nada que ver con el resto de su cinematografía. Aún así, no me doy por vencida, pienso seguir sus películas por su forma tan particular y exclusiva de relatar historias y por los colores y lo cuidado de su fotografía, si bien esto sólo provoque autoafirmarme en mi opinión actual sobre él.

Y hablando de película y películas, hay otra que desde que la ví, no he podido olvidar, por lo novedosa que me resultó la narración y la ternura que me inspiró el encuentro: Once de John Carney (2006). Dos personajes: él, técnico de aspiradoras y músico callejero en sus ratos libres. Ella, vendedora callejera y pianista. Coinciden una noche en la calle. No es una historia de amor, al menos no habla del amor como se hace habitualmente en el cine. Está presente pero de otra manera, desde la amistad y la complicidad, se forja a partir de compartir letras, melodías, de cantar y tocar juntos en cualquier rincón de la ciudad.
Una película musical, que atrapa y despierta emociones. “Compartir es vivir” siempre dice un amigo mío. Esta película es una gran representación de esa frase.

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